462. CRIPTOCIPRIANO
Javier Rodríguez Cabello | Philip Buster

En una pedanía de Albacete, más fácil de olvidar que cualquier otra, regentaba la frutería local un emprendedor, de nombre Cipriano, cuyo aspecto semejaba el de un bisonte de Altamira, cuando en realidad era hombre de altas miras, aunque bajito. Siempre buscando mejorar su negocio, como se consideraba un tío muy vivo, cultivaba, verbigracia, unas genuinas patatas entre las tumbas del cementerio. “Y qué patatas, señora”, solía decir a sus clientas, “patatonas”. La envergadura que les mostraba Cipriano las dejaba, en efecto, “patatónitas”, cuando no “patatónicas”, y con ellas salían unas tortillas de muerte. También quiso emprender en perfumes con la esencia de sus más frescas mercancías, pero nunca obtuvo más que aroma a abono.

El mejor amigo de Cipriano era Renato, cuya familia, habiendo cumplido el niño ya cuarenta años, vio que no llegaría a leguleyo, ni siquiera a obispo. Conocía al frutero de cuando le compraba zanahorias para el conejo de su señora prima, de la que habría estado amartelado si se llamara Marta, pero se llamaba Inés. Siempre hablaba de ella, aunque con distinto tono desde que un día acampó por la zona un regimiento militar para realizar maniobras, adquiriendo de Cipriano unas granadas y algún plátano de fogueo, y la repetida por Renato “mi Inesita” pasó en nueve meses a ser “mi Inesota”, de tan grande que se puso en estado, como si fuera un estado norteamericano. Tuvo así que censar la Inés un fruto de su vientre, que no de la simiente de Renato, bastaba con oír a la criatura llorando marchas castrenses. En etimológica confusión, más castrense habría dejado Renato al padre de llegar a conocerlo, así cual desgajaba a los cochinos las criadillas. Porque al menos se le daba bien trabajar con las manos y, cuando Cipriano se cansaba de sus lamentos o veía que le espantaba la clientela, lo mandaba con el motocarro a encargarse de las patatas. Sabedor de lo de la prima del primo, se lo agradecía deseándole que Dios se lo pagara con una buena novia.

Con todo, si los molinos de viento podían convertirse en gigantes, las patatas también podían ser criptoactivos y, siguiendo un tutorial en latín, es decir, latino, Cipriano intentó digitalizarlas. En lugar de NFT, sus siglas serían NFP, de “non-fungible potatoes”. “Armazón”, como pronunciaba Renato, se le iba a quedar pequeño, dada la sagacidad del frutero, y con su afición por escribir cartas al infinito le daría publicidad hasta en alguna que remitiera al mismísimo papa de Roma. Tal vez no a Roma, pero sí a Madrid tuvieron que llegar noticias, pues pronto visitarían a Cipriano de la Agencia Tributaria. Tenían que hablar y, aunque sonaba a discusión y ruptura, Renato se mostraba feliz porque acudieran, gracias a su correspondencia, a ver desde el Ministerio de Hacienda la hortofrutícola innovación. Por fin alguien descubriría el talento de su amigo… Quiso entender que, con cariño, Cipriano los llamaba “hijos de fruta”. En cualquier caso, habrían de recibirlos con marchas castrenses.