CRÓNICA DE UN CORAZÓN MALHERIDO
Laura Cabaleiro Besada | Leño

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Me encuentro en el dilema de ser o sentir, marchito con humo las flores de mi cuerpo y trato de rebozarme en pensamientos nada diluidos. ¿Qué es lo que sujeta mi cabeza más?

Como un agnóstico que no tiene más que miedo al juicio final decido aferrarme al olvido aunque se complique.

A veces aferrarse tanto tiene como consecuencia una destrucción, en este caso para renacer, recolectar pedazos esparcidos y clavármelos en lo más profundo de mi piel, dejando al paso restos de sangre que pronto secará. No todos corren la misma suerte.

Murmuro sin fuerzas palabras nunca dichas que en la mente retumban, como si eso fuera a salvarme, como si a alguien le hiciera falta escucharlas, como si el mensaje fuera claro y comprensible.

¿Qué hay más humano que secarse las lágrimas? En el pañuelo sólo hay recuerdos emborronados con ansiedad por el futuro, las trizas que dejamos en el camino forjando una espiral en el tiempo que nos hace dudar si es circular o lineal, si la historia está hecha para repetirse o para cambiarla.

Con esa incertidumbre decidimos continuar caminando, como una persona que va al mar y no sabe si volverá a pisar tierra firme.

Nos precipitamos por respuestas que nos den una falsa seguridad y poder así seguir corriendo colina abajo con los ojos vendados, y es que en ningún momento dejamos de ser niños ni queremos dejar de serlo.

En la cima de la montaña es donde me hayo, rodeada de buitres que tal vez se conviertan en jilgueros tras cruzar la puerta, con la mitad de mí llena de valentía y la otra mitad de miedo.

Agarro mi pesada mochila y emprendo el trayecto hacia la reunión en tu nido, sin saber si hay espacio para todo lo que cargo ni si lo tendré yo para tu equipaje.

Diría que hay que morir cien veces para poder vivir aunque suene a tópico, los dichos populares, con los años, cobran más sentido.