392. CRONICAS DE UN SUPERMERCADO
Rafael Blasco López | Longino Tinto

«Ahora toca flexibilidad laboral ante la crisis», dijo mi último jefe, ¡ni que yo fuera un contorsionista! Como a todos los pobres son pulgas, la empresa de alimentos congelados en la que pensaba abrazar una artritis hasta mi jubilación, fue absorbida por una cadena de supermercados.
Yo, que destaco por mi finura y elegancia, (mis manos que parecen dos espuertas lo atestiguan) fui a parar allí. Y así, en un visto y te jodes, me vi trabajando de cajero, maldiciendo mi negra estrella, borracha, seguro, en cualquier callejón perdido riéndose de mí.
«Amada caja»
«Tap, tap, tap». El sonido de un bastón al fondo del pasillo de la leche, me intrigó hasta que vi acercarse a un invidente. Faltaba medio metro para llegar a mi solitaria caja, cuando sin previo aviso, alzó el bastón agitándolo a izquierda y derecha. «¡Chico, qué te debo!», gritó mientras lanzaba una botella de coñac sobre la cinta y se marcaba sola en la pantalla, entre un tifón de galletas marca blanca que disponía en la caja como promoción. Después de cobrarle y bajar su arma, le acompañé hasta la puerta, donde un cliente demostró unos reflejos increíbles al esquivar otro bastonazo del que escapó por milímetros.
Apareció el encargado con una cara de asombro tan larga que parecía Scream. «¡Qué ha pasado! Mejor no me lo cuentes…», dijo mientras se marchaba negando con la cabeza.
Algún mando intergaláctico dirigió el hilo musical para que sonara la canción de Enrique Iglesias, «Esto no me gusta», y yo la tarareara al borde de la histeria.
«Servicio a Domicilio»
Mi estreno para llevar pedidos a las casas, estuvo marcado por la simpatía del primer cliente, no tenía tanta su perro, «Chiquitín», un doberman que miraba peor que Vladimir Putin cabreado. Recorría con la compra un largo pasillo hasta la cocina, sonó un teléfono y el cliente entró en una habitación. Chiquitín pensó que mi trasero era sabroso, pues emprendió veloz carrera tras de él. Transformado en Usain Bolt, esquivé su dentellada y reaccioné de inmediato. Lo alcé por el collar hasta que su patas trasera apenas rozaron el suelo. «¡Tú y yo nos vamos a llevar bien!», le dije mirándolo a los ojos. Cuando llegó el dueño del can, ya me daba la pata, hasta saludaba en euskera si se lo pedía.
«Nada como saber idiomas»
Sabiendo inglés vas a todas partes, pero nada como ser políglota. Una mujer mayor depositó su compra sobre la cinta, «¿Necesita bolsa?», pregunté. «En tarjeta», respondió aplicando el plástico sobre el datáfono. «¿Ha cogido banana o plátano?», pegunté a un jubilado. «No tengo céntimos, solo un billete».
Merendaba con una compañera muy exuberante llamada Tamara, en un bar regentado por chinos. «¿Qué quieles Tamala?», preguntó el camarero. Se adelantó el charcutero, cachondo hasta la médula. «No está mala, está Guena». Desde entonces, paso a llamarse «Taguena».
En fin, otro día sigo contando mis andanzas en el súper, que mañana a las seis me despierta el histérico impertinente para que me siga ganando el pan.