758. CROQUETAS
Antonio Longas Ferrer | Tonnato

Aquella noche, Violeta y yo celebrábamos nuestro décimo aniversario. Como cada año, reservé mesa en un pequeño restaurante del centro de Madrid; un lugar tranquilo y acogedor, distinguido por sus deliciosas mini croquetas de rabo de toro, cuya textura, crujiente y cremosa al mismo tiempo, me había hecho perder la cabeza en más de una ocasión.

Llegué al restaurante mucho antes de la hora acordada. Quería supervisarlo todo y explicarle al chef los pormenores de mi plan. La idea era pedirle matrimonio a mi novia justo antes de los postres; arrodillarme en el suelo, sacar el anillo del bolsillo trasero del pantalón y alcanzar el clímax: ese “sí, quiero” de Violeta, con la banda sonora de Titanic tronando por los altavoces del local. Uff, sólo de pensarlo se me ponía la piel de gallina.

Cuarenta y cinco minutos más tarde de la hora acordada llegó Violeta al restaurante, acompañada de Serginho —su profesor de Pilates—, al que yo conocía sólo de vista. Me pillaron en la barra, charrando de fútbol con el camarero; la boca llena de croquetas y los labios negros por el vino. Ella se disculpó por la demora. Él me abrazó, cariñoso. Los tres nos dirigimos a la «mesa para dos» que yo había reservado por teléfono el día anterior. El chef me miró, extrañado, mientras sacaba del almacén una silla plegable de madera para que todos los comensales pudiéramos disfrutar de la velada en igualdad de condiciones.

Violeta y Serginho llevaban meses acostándose. Hacía tiempo que la pareja solía poner un bonito broche a la clase de Pilates dándose el lote en las duchas del vestuario femenino. Ellos no sabían que yo lo sabía. Mejor así. Cualquier otra opción hubiera desembocado en una de esas charlas engorrosas, llenas de llantos, reproches y mudanzas interminables. Qué pereza.

Serginho, además, resultó ser un tipo encantador. Su presencia, lejos de resultar un incordio, contribuyó a que la conversación fluyera alegre, sin altibajos, alejada de aquellos silencios tan incómodos que habían ensombrecido aniversarios anteriores.

La tercera botella de vino pareció estimular notablemente la libido del brasileño, y en un momento dado se puso a hacer piececitos con mi novia por debajo de la mesa. Yo me hice el loco cuando la bota de Serginho, tan ebria como su dueño, alcanzó por equivocación mi espinilla izquierda. Me mordí la lengua para no aullar de dolor y sonreí mientras me servía otra copa de vino.

Pedimos tarta de queso para compartir, pero justo cuando empezaba a sonar la música de Titanic a todo volumen, Violeta se derrumbó, anunciando entre lágrimas que estaba embarazada de Serginho. Yo era consciente de que aquella bomba me obligaba a reaccionar, pero la verdad es que no me apetecía nada, ni llorar, ni gritar, ni fingir decepción. Estaba muy borracho, y sólo quería celebrar y seguir comiendo aquellas croquetas de toro tan deliciosas. Así que hinqué la rodilla en el suelo y eché la mano al bolsillo trasero del pantalón. Violeta me miró, aterrada.