743. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD…
MIGUEL ANGEL LOZANO RAMOS | MAIK RIAL

Érase una vez un diputado campechano y bonachón llamado Trujillo. Trujillo recibió el encargo del jefe de su partido de impedir que el malvado Canciller aprobara una Ley injusta:
—Tu misión será evitar que se apruebe esa norma. Pero ten cuidado. La misión es peligrosa porque el presidente podría hechizarte con su palabra y su belleza. Y has de saber que dependemos de todos nuestros votos. Si falla alguno, su Ley será aprobada y un mal terrible caerá sobre nuestro reino.
—No te preocupes, jefe. Votaré, votaré y votaré, y su Ley derribaré.
Sin embargo, el día de la votación el bonachón Trujillo sufrió una horripilante enfermedad llamada pereza. Llamó a su jefe, pero éste le tranquilizó:
—Puedes votar desde casa. Pero no te olvides de hacerlo, o el Canciller ganará y vendrán cuatro años de oscuridad sobre todos nosotros.
—Descuida, jefe. Cuenta con mi dedo.
Para combatir a la enfermedad se preparó unas alitas a la barbacoa que se comió mientras escuchaba al maléfico Canciller que estaba hablando desde la tribuna de oradores. Algunos, los que habían sido hechizados, aplaudían sus palabras con rabia. Otros, como sus compañeros, que luchaban con heroicidad por no caer en su trampa, le abucheaban. Trujillo hizo lo mismo que sus compañeros, por si a través de la magia herziana llegaba su energía y podía derrotar al demoniaco Canciller.
Para evitar caer en su hechizo, Trujillo abrió una página web que contenía documentales de apareamiento. Encontró uno que le pareció llamativo por tratarse de un hombre joven y una mujer madura y pulsó sobre el play, mientras escuchaba de fondo el canto de sirena del Canciller. Trujillo se resistió comiendo una alita. El hombre y la mujer finalizaron un breve cortejo y se entregaron a su amor.
Escuchó que los hechizados aplaudían a su diabólico líder, lo que significaba que comenzaban las votaciones. Trujillo, para coger fuerzas y combatir al mal, cogió la alita más grande y pulsó sobre la ventana de las votaciones. Pero el amor, infinito y eterno del hombre joven y la mujer madura era tan intenso, que bloqueó la página. Trujillo luchó y luchó. Pulsaba sobre el botón izquierdo del ratón con todas sus fuerzas, pero no lograba detener el vídeo y regresar a las votaciones. Durante largos minutos hizo uso de toda su sabiduría hasta que su móvil sonó.
—Trujillo, ¿qué has hecho, desgraciado?
Una retaíla kilométrica de insultos y amenazas hizo entender a Trujillo que su jefe lo había tenido hechizado y que, gracias a él, se había aprobado una Ley buena para el reino. Trujillo, comió satisfecho el resto de alitas.
Y colorín, colorado, este cuento no ha acabado.