Cuando adquiere sentido
Cristina Dib Zuloaga | Cristina Dib

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“Te voy a invitar a salir el lunes.” – le decía mientras sonaba la música de la discoteca a todo volumen.

Elena no le creía. Tampoco le importaba realmente, estaba en paz con que este encuentro fuese simplemente una noche para contar a sus amigas al día siguiente. El tequila y el reguetón no habían nublado por completo su razón. Santiago insistía en que la invitaría, mientras le acariciaba el pelo hacia atrás y la volvía a besar. No hacía mucho que Elena había salido de una relación y besar de nuevo a “otros” le seguía resultando…¿incómodo? Los labios se acostumbran, a los ritmos, a los tiempos, a las texturas. Volver a los primeros besos le resultaban excitante, pero pensaba: “¡qué lengua tan larga! ¿para dónde va ahora? ¿me está lamiendo los dientes?”. Apenas se conocían, pero con Santiago era distinto, ¿bonito?

Se dijo que estaba en su cabeza, tenía que ser el alcohol. Era romántica, sí, pero de Santiago no esperaba nada. Antes de enrollarse le habían advertido que él solía conquistar y decepcionar con frecuencia y ella cargaba una decepción muy reciente a su espalda. Pensaba “mejor así, será más fácil”.

‘Brrr.’ Sonaba un móvil. Elena estaba visitando a su amiga Alicia durante dos semanas en Madrid y preparaban la cena en casa después de un fin de fiestas.

“¿Nos vemos mañana? Paso por ti a las 8″. Santiago la había invitado…

Llegó a las 8 en punto, pero Elena tenía sangre demasiado latina para estar lista a tiempo. Ni siquiera se agobió cuando le dijo que le diera 2min, que terminaron siendo 15. Y así empezó. Su primera cita.

Elena no quería decepción. Santiago no sabía lo que quería. Pero cuando estaban juntos algo funcionaba, fluía, conectaban. Era fácil. En toda la cita no se tocaron, a pesar de que hacía solo tres días se besaban con locura. Se “tocaron” de una manera más íntima, a través de sus historias, de sus presentes, de sus deseos futuros. Elena se sentía cómoda en esta desnudez emocional, podía ser ella misma. Por fin sabía quién era y ese día no tenía pudor. Santiago se sentía igual, sincero cuando le contaba sus sueños, tenía ganas de vivir y descubrir y sentir. Sentía que ella lo entendía, no era coquetería, sino interés real y valores compartidos. Ese día descubrió que Elena era decidida e inteligente y terca y buena y soñadora y valiente…ahora Santiago sabía lo que quería.

Tras una noche envueltos en una Madrid que los devoraba con su ritmo frenético a pesar de ser lunes, con el fresco de septiembre y el aroma a calle, con el cielo despejado y las luces de edificios y autos haciendo de estrellas, finalmente se besaron. “Para que éste no se te olvide” le dijo Santiago.

Y por un instante todo el pasado – la tristeza, la angustia, el caos – adquirieron sentido. El fin era entender esto, vivir esto, aprender para estar listos para esto. Fueron solo días, pero ¡qué días!