Cuando no estás
Alejandra C. Bonassoli | Lele

1/5 - (1 voto)

Podría empezar a relatar el primer encuentro. Podría escribir una tesis de cómo conté todas y cada una de sus pestañas al tanto mirarle a los ojos. 343, creo recordar. De cómo tuve por seguro que no precisaba de nada más que de oírle extenderse en un tema que le apasiona, mientras resplandecía de la forma más literal de la palabra. Era el mismísimo cometa Halley; de esa manera tuve que aceptar su ausencia.

El último latido de mi corazón, débil y moribundo, ocurrió el 3 de febrero. Le avisté recostado en una pared, con un cigarro consumiéndose en su mano; una actitud ausente que no reconocía en él.

Parecía una profecía mal anunciada; un aviso de rompimiento que se perdió en el envío. Ya sabía perfectamente lo que saldría de su boca después de ese humo que inundaba el ambiente. La temida condena a la que sometía el “nosotros”.

Cuando se despidió asegurando que nunca dejaría de amarme, no era capaz de creerle. ¿Cómo podrías hacerle esto a alguien que quieres?.

Su recuerdo me atormentaría todas y cada una de las veces que llamase a mi encuentro. Los días se solaparían uno con otro hasta desdibujar su continuidad. Me perdería sin la brújula y el mapa que él había sido alguna vez.

Sí, podría hablar de la primera vez que supe que era él. Podría escribir versos sobre el primer “te quiero”, la primera cita. La primera discusión, incluso. Podría repetir mil veces que nuestros corazones latían al unísono, que era real. Podría pedir un deseo en cada hora espejo, en cada vela de cumpleaños, en cada pestaña caída de mi ojo, todos y cada uno siendo él.

Pero, ¿acaso eso valdría la pena si todo lo que dejó atrás es un vacío, un agujero negro en mi pecho, una herida que siempre sangra y sólo se pudre hasta quedar en carne viva?.