333. CUANDO TE QUEDES VIUDA
Juan José Ramírez Sánchez | Tinta blanca

CUANDO TE QUEDES VIUDA
-Tú, cuando te quedes viuda, de vedad, no como Penélope, que no sabía si Ulises volvería o no volvería, y se puso a tejer y a destejer. Tú, si te quedes viuda, no tejas ni destejas, y dile a los pretendientes que no te ronden más, que ya sete ha declarado el que te gusta más que Ulises -¿no es verdad?
–Vanidoso eres Don Juan.
–No quiero ser un Don Juan, soy un hombre enamorado, que cuando me gusta una mujer, si no hablo yo, habla mi subconsciente, que sueña contigo; ahora está hablando él. Lo de Don Juan fueron otros tiempos, Doña Inés, quería casarse con Dios, por eso estaba en el convento, y el ligón de la espada, tuvo la osadía de esconderse detrás de la tapia, para ver si la olía, y cuando ella pasó por allí, tuvo el descaro de decirle:
—Mil mujeres he tenido, mil mujeres he olvidado;
pero eso que tú no me has dado, por más que te lo he pedido,
es lo que me ha retenido y me tiene acomplejado…
Levanta ya ese vestido, que es muro de mi castigo,
porque si no te consigo, el Don Juan se habrá acabado.
Quedad con Dios, “pichona mía”, que contenedme no puedo;
voy a elevar el vuelo, pero volveré otro día,
y no sólo para veros, sino para haceros mía.
—¡Ay, Don Juan!, que me sofoca, que se me cierran los ojos, que se me abre la boca; y seme abre -no yo sé qué otra cosa, porque la tengo muy escondida con toda esta cantidad de ropa -como si llevara un arma prohibida. ¡Qué duda tan oscura! Que no me siento segura, que ya me siento perdida…, Vos tentáis mi corazón de manera tan profunda que voy a perder la razón.
Y su dueña le decía:
—No os impacientéis pequeña, os ruego que tengáis calma,
que si obedecéis al cuerpo, podéis condenar el alma.
—¡Oh!, qué incompleta es la dicha, qué vida tan odiosa,
si para salvar mi alma no voy a poder ser su esposa.

Pero hablemos de nosotros Penélope, mi felicidad depende de la tuya, me alegraría de que al horizonte vieras una vela (señalando hacia l curva del agua), pero la mar es traicionera.
Mientras, Ulises oyó cantos de sirenas para llevarlo a los arrecifes, pero entonces recordó que su “Pené” le dijo: No te vayas a ir con las ninfas de los bosques, y pegó un golpe de timón que lo llevó a aguas navegables, el viento le dio a la vela, y Ulises ya, con la calva al aire, como cuando tenía larga melena, se fue en busca de su nena, y cuando la abrazó, lo primero que le pidió, fue que le pusiera la cena, porque traía mucha hambre, y los pretendiente, en cola, nada bebieron de ella, ella guardó los besos para después de la cena del hambriento navegante. Después de tantos años sin verse, se encontraron los de Ítaca.