425. CUESTIÓN DE ALTURA
Sheila Acacio Andújar | Felicia Sanz

Unos segundos fueron más que suficientes para revolverme el estómago y quitarme de un plumazo el apetito, sensación que perduraba hasta bien entrada la tarde. La conversación de ascensor aderezada con su halitosis despertaba mis neuronas más aún que el primer café de la mañana. Se adivinaba una ingesta de ajo en grandes proporciones lo cual me provocaba lagrimeos, picores, nauseas y vómitos continuos que en pocos días desembocaron en una pérdida de peso importante.
En el ineludible encuentro mañanero se aventuró a alabar mi asombrosa delgadez repentina, profiriendo impertinentes adulaciones. En ese preciso instante comprobé que el perfume de su aliento me resultaba aún más desagradable, por lo que con la máxima discreción me fui acercando suavemente simulando que sus halagos daban el resultado que él esperaba.
Fue entonces cuando descubrí, que si incrustas un tacón en la yugular, te desangras como un cerdo en una matanza.
Cojeando a dos alturas salí de allí con la certeza de que además de un vecino y un tacón, había perdido mi libertad.