Cultivo de un nenufar
Alejandro Martin Ruiz | Alex

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Somnoliento y perezoso, revoloteaba con las sábanas esperando el siguiente tintineo del despertador. Ojeaba el móvil antes de levantarme de la cama cuándo saltó la notificación de la aplicación de entradas online. Inmediatamente me vino a la mente la cita de hoy. De un salto emprendí camino al baño para asearme. En la ducha me acompañaban unas cuantas canciones que me hacían liberar toda la rabia al son de la tristona playlist que tanto escuchaba en Spotify. A continuación, me miraba en el espejo intentando convencerme de que el gimnasio había mejorado mi físico tras unos meses y que, mi pelo, más largo que nunca, necesitaba un corte urgente. La música continuaba, y los nervios por tener mi primera cita se acrecentaban a la vez que la indecisión sobre mi vestimenta. ¿Vaqueros y camisa? No, nunca he sido de camisas, sin embargo, aquella camisa blanca con estampados me daba un rollo diferente. Decidido, me abrocho la camisa mientras pienso con que calcetines podría conjuntar. Me volví a mirar al espejo, tras mucho tiempo me veía guapo, atractivo. Después de limpiar el polvo a mi colonia preferida, que adornaba la estantería de mi habitación, embriague mi cuello y muñecas de aquel exuberante aroma.

Tras una última revisión ante el espejo cogí las llaves del coche, besé a mi gata y dispuse a irme. El trayecto en coche se hizo corto con algunos temazos, esta vez de la playlist más festivalera que encontré. Mi cabeza daba vueltas, ajetreada, inquieta, ¿cómo podía estar tan nervioso? Suponía que las primeras veces siempre son tan opacas e impredecibles que era inevitable no sentir ese cosquilleo constante en el estómago.

Al fin, llegué. El museo, llevaba años sin ir y, sin duda era una propuesta muy decente e inspiradora para una primera cita. Tras fotografiar la preciosa estatua que decoraba la entrada me acerqué al mostrador a por mí entrada física. Después de una corta explicación por parte de la encargada me preguntó el número de entradas y el código de reserva. Contesté con firmeza a ambas preguntas recibiendo una sonrisa cómplice por parte de ella.

Atravesé el arco de seguridad y, tras un rápido vistazo al plano del museo, refrescando la distribución de las salas que tantas veces visité, me dirigí a mi cuadro favorito, ese que había observado con gran detenimiento en cada visita y que despertaba una pasión inconcebible.

Llegué a la salita que exponía aquella maravilla artística, me planté delante y mi mente empezó a despertar de nuevo. Un liguero instinto me hizo extender la mano como si quisiera agarrarse a otra cercana. Giré la cabeza a mi derecha y comprendí que no, ella ya no estaba. El fugaz sentimiento de morriña se disipaba mientras los nenúfares de Monet me calmaban, y la luz y colores iluminaban de nuevo mi corazón. Acababa de empezar mi cita, conmigo mismo y no podía ser más feliz.