4. CUM LAUDE
ESTELA SÁNCHEZ SIERRA | Diana F.

Lo de Daniel y Lucía fue un aquí te pillo aquí te mato amoroso. Se conocieron en una fiesta de fin de año, entre sombreros, serpentinas y matasuegras. Cava en mano, bailaron toda la noche, y se puede decir que la juerga y la atracción llegaron a su clímax con cada golpe cervical al son de las canciones de Raffaella Carrá.
Se despidieron con el amanecer y los churros y con la convicción de que el frenesí no había hecho más que empezar.
Cuando le propuso el plan, no estaba seguro de si accedería, llevan algunos meses saliendo, y se le ocurrió que sería buena idea para no estancarse en la rutina.
Daniel descubrió que existía El Folladero en la Facultad leyendo un hilo de Twitter. Ahí tendrían su tarde de morbo y pasión.
Sale de su despacho para encontrarse con Lucía. Los dos de la mano cruzan los largos pasillos, y entre risas nerviosas se dirigen al Folladero.
El espacio es pequeño, piensa Daniel, lo harán de pie, o quizá se tumben en el suelo, y rueden por la sucia moqueta, uno encima del otro, luego el otro encima del uno, como dos croquetas embadurnándose de deseo. Hay que ir a por unas botellas para empezar a calentar. Se apresura a bajar a la cafetería, y deja a Lucía a solas, que piensa en sorprender a Daniel, se desnuda y le espera sentada en la moqueta en la posición de loto.
Lucía se concentra en el cruce de sus piernas mientras unos pasos se aproximan a la sala.
Al otro lado de la puerta el gerente explica al operario de mantenimiento los problemas que está dando esa moqueta, que tienen que retirarla, que esa sala es un estercolero y que no piensa contratar más personal porque al final su trabajo acabarán haciéndolo las máquinas.
Lucía, sin tiempo para vestirse, abre la puerta trasera, y corre por los pasillos. Pasa por delante de la Sala de Juntas, donde acaba de finalizar la sesión para otorgar la condición de profesor emérito a un puñado de septuagenarios que, sin salir de su asombro, dudan de si tal visión es el broche final de la ceremonia o si, quizá, es algún efecto secundario, hasta ahora desconocido, de sus dosis de sintrom.
No pienses, corre, no pienses, corre. Lucía corre hacía la salida, y ¿ahora, qué pasa?, se pregunta cuando se cruza con un grupo de alumnas que se manifiestan frente al Decanato lanzando consignas feministas; sigue corriendo, ¡han venido las Femen!, grita una, ¡la talla treinta y ocho me aprieta mucho el chocho! corean entre todas.
Lucía es veloz pero no ve el momento de salir de ahí, piensa rápido y decide entrar en un aula, esperar a que se vaya toda esta panda de locos y recuperar su ropa.
En la sala un doctorando finaliza la lectura de su tesis: La cultura Pop: Liberté, Égalité, Beyoncé. Lucía abre la puerta y el Tribunal, sin deliberar, otorga la mención Cum Laude.