197. CUMPLEAÑOS
JOSÉ ANTONIO GARCIA VILLALTA | NONO

CUMPLEAÑOS

Llevaba cuarenta minutos desvelada cuando sonó el despertador, lo miró con disimulo y de un manotazo detuvo el sonido. No tenía ganas de levantarse, de manera que se entretuvo en repasar mentalmente la agenda del día. Sobresalían dos cosas: hacer un fraude por la mañana y cometer un asesinato por la noche. Para ello ni un cabo suelto, hasta el más mínimo detalle estaba previsto.
Hoy por fin sería libre. Decidió que fuese ese día porque cumplía cuarenta y nueve años. Ella no era supersticiosa, pero acariciaba desde hacía tiempo el deseo de comenzar una nueva vida a esa edad.
Otra mirada al reloj le hizo temer que se le estaba haciendo tarde. Como agente intermediaria en operaciones financieras —no le gustaba que la llamaran bróker— manejaba todo tipo de activos, incluso poderes para tener acceso a las cuentas bancarias de sus clientes. En ocasiones había tomado «prestadas» algunas cantidades para invertirlas por su cuenta, aunque con tan mala fortuna que las había perdido. Comenzó con pequeñas sumas, pero hubo de aumentarlas de manera gradual, con el fin de recuperar las pérdidas anteriores con inversiones cada vez más arriesgadas. Los clientes comenzaron a sospechar.
De manera que trataba de reunir el mayor efectivo posible, para lo que había decidido enajenar distintos activos de clientes que ella custodiaba; esto le supondría hacerse con una cuantiosa suma, lo que le permitiría vivir holgadamente durante algún tiempo.
Lo tenía todo planeado, el viaje, el país donde ir, una nueva identidad … nada podía fallar. Llevaba meses trabajando en el asunto. No la atraparían nunca. Lo de matar a su marido se le ocurrió a última hora. Estaba harta de él y le odiaba.
Le entraron unas ganas enormes de reírse, pero se contuvo al ver el regalo de cumpleaños que le había hecho. ¡Una maleta! Desde luego fue un acierto.
Quedaron para cenar en el restaurante más cercano. Volverían a la casa a las veintiuna treinta dos, momento en el que se convertiría en viuda. Era fundamental que el cadáver no se descubriera antes de dos o tres días, tiempo más que suficiente para hallarse muy lejos.
A la hora convenida se reunieron en el restaurante. Él se entretuvo con los aperitivos y el Dry Martini, lo que hizo dudar a ella si podrían estar en su casa a la hora prevista. Todo salió según lo previsto.
Junto a los postres pidieron la cuenta sin aceptar el ofrecimiento de algún digestivo. Dos minutos antes de la hora se encontraban en el oscuro zaguán de la vivienda.
Ella se sentía segura. Sacó del bolso un punzón picahielos y lo clavó con todas sus fuerzas en la nuca del marido, en el preciso instante en el que este abría la puerta. Lo sujetó para que no cayera al suelo y lo empujó dentro. Cerró la puerta tras de sí dejándolo caer.
Al encender las luces del salón, los amigos entonaron:
¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos cumpleaños feliz!