262. CUMPLIENDO LA MISIÓN
MARÍA DOLORES MARTÍNEZ GEA | SUEÑO

Estoy en el lugar, dispuesto a hacerlo, he de cumplir mi misión. En este mismo sitio estuve con mi padre hace tiempo. El sol calienta del mismo modo, el cielo tiene el mismo azul y hasta las olas parecen las mismas. Hay mucha gente, parecen moscas revoloteando.
– ¡Esta playa está abarrotada!
– ¿Me voy o me quedo?
Ya que he venido, he conducido más de dos horas, se me ha roto el aire acondicionado del coche, un radar de la autovía me ha “pillado” … tengo que cumplir mi misión. Es pequeña pero muy grande a la vez. He de hallar el lugar adecuado, no hay marcha atrás.
No sé dónde colocar la sombrilla. Necesito un poco de sombra, olvidé la gorra y este sol calienta como rayos.
– No veo ningún hueco… ¿De dónde ha salido tanta gente?
Y, de nuevo, recuerdo a mi padre junto a mí, en este mismo sitio.
Me iré detrás de aquellas dunas, la zona está más elevada, desde allí decidiré el lugar exacto para mi obra. La arena aquí arde, se me queman los pies, no corre una pizca de brisa, el sol es abrasador y olvidé mi protector solar…
– ¡Qué desastre!
– ¡La sombrilla!, tengo que colocarla o me dará una insolación.
Estoy sudando como un pollo, necesito llegar al mar y darme un baño, siento que estoy en un desierto y camino hacia el oasis. La misión podrá esperar.
¿Por dónde paso?, está todo abarrotado, iré poco a poco para no pisar la toalla de nadie, para no llenarlos de arena con mis pies enrojecidos…
Ya voy llegando, ya veo la orilla…
– ¡Por fin!, un pie en el agua, otro pie… ya me llega hasta la cintura…
Voy a volver por el mismo lugar hasta mi sombrilla. Cogeré el objeto que me ha traído hasta aquí.
La gente me mira con lástima como si yo fuera la única persona del mundo que lleva una urna en las manos con las cenizas de un padre. Sé que no es una escena que se ve todos los días. Están en mi poder hace más de seis meses y siempre supe que descansarían en el mar.
Ahora que pienso con más detenimiento mi plan, no puedo derramar estas cenizas con la gente bañándose. Tendré que esperar a que llegue la noche.
Siento hambre. Me como el bocadillo de mejillones y me bebo una botella de agua que traigo en mi nevera. Dormiré un rato, ya no hay tanta gente, se han debido marchar a comer.
Estoy frente al mar, no hay nadie, derramo las cenizas hasta que la urna está completamente vacía. Y vuelvo a recoger mis cosas: la sombrilla, la toalla, la nevera… y llego hasta mi automóvil.
Regreso eufórico, feliz, escuchando música, con la misión cumplida…cuando escucho algo, es la sirena de un coche de policía que se coloca junto a mí y me hace señales para que estacione.
– “¡Día redondo!”, pienso mientras me detengo.