D.E.P
DANIEL SALVADOR GIMENO PETRIZ | EL SALVADOR

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La primera cita en un hospital oncológico fue diferente a lo esperado. Aunque el entorno tenía un aire solemne y cargado de emociones, la conexión entre nosotros era palpable. Nos encontramos en la sala de espera, rodeados por la incertidumbre y la fe en cualquier cosa. A pesar del contexto, su presencia irradiaba una calidez reconfortante.

Mientras aguardábamos, compartimos nuestras historias, miedos y anhelos. Sus ojos reflejaban una fortaleza inquebrantable, a pesar de la lucha que enfrentaba. Hablamos de sueños postergados, de la importancia de vivir el momento presente y de encontrar belleza en las pequeñas cosas. A medida que la conversación fluía, el tiempo parecía detenerse, y por un instante, el hospital se desvanecía a nuestro alrededor. Su presencia era una eterna canción en la que estar perdido.

Cuando llegó el momento de su tratamiento, me ofrecí a acompañarle. En medio de aquella adversidad, su resiliencia y determinación eran asombrosas. Nos sentamos juntos durante la sesión de quimioterapia, y a pesar de las circunstancias, encontramos consuelo en nuestra compañía.

Al despedirnos, quedó en el aire una sensación de complicidad y esperanza. Aquella primera cita en el hospital nos unió de una manera inesperada, trascendiendo el entorno desafiante en el que nos encontrábamos. A partir de ese día, comprendí que el amor y la concomitancia superan las circunstancias, y que la empatía y el apoyo mutuo pueden florecer incluso en los momentos más difíciles.

Mi cobardía me impidió más, pero recupero mis sueños cuando rendido de cansancio por el tratamiento, te escribo en mi mente y lo transcribo al papel con la única intención de seguir viajando por tu mundo, ahora por siempre el mío, perdido en ti, sin saberlo, tu presencia es constante y solo el hecho de pensarlo me causa admiración.

Gracias por todo lo que me has dado.