1062. DANIEL Y SU SECRETO
DAVID SÁNCHEZ | Sandrina Faint

Daniel se estaba vistiendo para asistir a la última cena, después de esa noche todo sería diferente. Martina siempre había sido su mejor amiga desde que la conoció, aunque la primera vez que coincidieron le pareciese una pija y una mamarracha. Tardaron muy poco en hacerse amigos y, desde entonces, Daniel decidió tomarse un tiempo antes de sentenciar. Opinar vehemente de cualquier asunto sí, no podía irse del país de la noche a la mañana, además de no poder vivir sin jamón y sin paella. Ahora la paella estaba siendo desterrada por el arroz con bogavante, pero no tardaría en volver. Arroz con bogavante para desayunar, comer, merendar y cenar empezaba a ser indigesto y pronto se extinguirían todos los bogavantes del universo junto a los aguacates y el humus. Daniel descubrió con Martina que el botox no siempre absorbía las neuronas, ni todos los labios se rellenaban con materia gris, en muchos conocidos y conocidas hubiese sido insuficiente. Daniel había pensado contárselo desde que se enteró, pero no estaba seguro. Aquel descubrimiento lo cambiaba todo, hay secretos tan poderosos que consiguen cambiar el futuro y, además, transforman el pasado. Daniel llevaba años ligando por las aplicaciones del móvil. Machos, Supercaris, Melocomoto, Damepropina, Esonoesnormal, Tesperoaoscurasquelaluzestamuycara. Aplicaciones para todos los gustos y tendencias que Daniel reinstalaba y desinstalaba harto de perder el tiempo en interminables conversaciones que solo terminaban con súbitas desapariciones. En el mundo de las aplicaciones se confunden y mezclan constantemente lo virtual y lo fantasma. Daniel: 28 años, 1,80 cm (+ 19), moreno, barba de tres días, alto, fornido, ojos verdes, tatuaje tribal, piercing aristocrático. En el perfil de Daniel una foto de su torso desnudo reflejado en el lago de Sanabria. Foto de rostro cuando la cosa iba en serio, al menos para treinta minutos. Daniel había vivido historias de todo tipo, desde una muy morbosa en la trastienda de la farmacia de la calle de la Rosa, a las intensas sensaciones experimentadas en gloriosas instalaciones caseras. Pero ninguna historia tan potente e impactante como la de Daniel con Superdiscreto. Los Superdiscretos no solían poner foto de nada, como mucho un empalagoso paisaje. Un amigo de Daniel organizaba fiestas realmente alternativas, no de las de vestirse de carnaval a destiempo. Aquí los hombres se vestían únicamente con pasamontañas entregando sus cuerpos con ardor guerrero. No había incienso, pero sí aromas embriagadores. Allí descubrió Daniel a aquel chico con tres lunares en su enorme pene, igual que le había contado Martina del inmenso pene de Alejandro, su novio y futuro marido. Daniel junto a los fluidos sacó las conclusiones. Daniel se aseguró bien fiesta tras fiesta, nunca faltaba a ninguna cuando Superdiscreto confirmaba asistencia, era todo un placer sin límites. Esa noche se lo iba a contar todo a Martina al final de la cena cuando ya estuviesen un poco borrachos, o quizá no.