654. DE CARIDAD Y OTROS VICIOS
Patricia Cambiaso Rathe | PISPÁS

Antes de conocer a Victoria no había reflexionado sobre lo vulgar que es la caridad. Es decir, todos aquellos actos deliberados que tienen como fin hacer un bien a un desafortunado. Pensaba que las instituciones de ayuda al prójimo se componían de puras personas bien intencionadas que contaban, por ende, con un pase al poco concurrido cielo cristiano, acceso ilimitado a las 70 vírgenes, de ser musulmanes y para los ateos, la posibilidad de comer sin añadir un gramo a su constitución física. Pensaba que todo era admirable y puro hasta que conocí a la malvada Victoria.
Para empezar, Victoria no es delgada, motivo suficiente para desconfiar de sus actividades benéficas. No parece ser de las que se quita el pan de la boca para dar de comer a otros.
Se levanta diariamente a las cinco, sale de su casa a un albergue en donde deja las empanadas de jamón que ha preparado la noche anterior y aquí la primera muestra : detenerse justo enfrente de la banca privada, como diciendo, mientras ustedes viven de la constante especulación, YO hago el bien sin mirar a quien.
Por si esto no fuera suficiente, agrego una más: Su sonrisa, ensayada para mostrar sus dientes más blancos. La frase “Dios te acompañe” propicia esta sonrisa de manera natural pues todo el mundo sabe que sonreír después de pronunciar una E es muy diferente a sonreír después de una O. Si hubiera elegido “Dios, contigo”, otra sería la historia.
Pero sigamos con el día de Victoria porque la hemos sorprendido en dos terribles actos de soberbia sin pasar de las ocho de la mañana. Toma el autobús de las ocho y cuarto, que le da tiempo perfecto de llegar a su trabajo, la recepción de una oficina de abogados, donde sigue sonriendo. A las dos de la tarde, lleva al parque a su tía, una señora rubicunda y ciega que vive cerca de su trabajo, ¿conveniente? y a su nieta de ocho años. Nótese que las lleva al parque donde se las ve, ¿exhibicionismo? Y las ayuda a cruzar la calle, ¿cliché?
Sólo le falta rescatar a un gato trepado en un árbol en el camino. Y aunque hasta este momento sólo podemos reprocharle su falta de originalidad, eso no es todo.
Después de trabajar, va directo a una residencia de ancianos cerca de las cinco ¿para? leer textos cortos a infelices que encima de sus tormentos tienen que soplarse su abominable selección literaria. Sólo en este caso son los sordos los más afortunados. Después de esto sonríe y sonrrrrríe.
¿Que quién soy para juzgar a una inocente mujer que se pasa la vida al servicio de los demás?, ¿por qué este odio?
Todo por el servicio de la verdad. Digamos que es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo.