De copas
Mirén Remondegui Ponticelli | Ernesta

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Pausa. Abro y cierro las manos, los dedos entumecidos. Cruje la espalda que se estira como un paréntesis. Voy hasta la cocina y abro uno de los vinos de la caja que recibí como regalo de cumpleaños. Rioja gran reserva. La parte baja del corcho está bordó violáceo. Sirvo una copa. Huele agrio, pica. Está más amargo que la cerveza. Lo escupo. Destapo otro, Priorat reserva. Lo mismo. Uno, dos, tres, cuatro más. Todos iguales ¿Golpe de calor?

Saco de la alacena un crianza. Corcho manchado. Sabor a pis de uva fermentado.

Voy al espejo a ver si tengo algo en la lengua. Está rosa y húmeda.

Salgo, en la esquina hay un supermercado 24 horas. Carísimo uno joven. Lo llevo igual.

Vuelta al departamento. Respiro profundo. Le doy un beso al sacacorchos. Gira la espiral que se clava y atraviesa la carne del corcho. Tiro. Es la novena vez que abro un vino esta noche. Ni mirar quiero.

La lengua se retira, me astringe.

Otra vez a la calle. A pocas cuadras, una pizzería abierta. Me siento en la barra y pido una copa de tinto.

Siento que hago la misma mueca que cuando chupo limón. Desde la barra me miras. Te invito a que pruebes. Antes hueles la botella. Si en algún momento quisiste disimular, no pudiste. Disculpa, ya te abro uno nuevo. Puedes abrirlos todos, vas a ver que es lo mismo. No dices nada y descorchas otra botella. Te sirves solo para ti. También chupas limón.

Parece ser que el repartidor trajo una tanda mala. Ahora vengo. Bajas por una escalera al final de la barra. Sales con un Ribera roble en mano. Selección personal del jefe y sirves dos copas. Estás confiado.

Con un sorbito te conviertes en limón. Yo, que ahora soy naranja, te cuento.

Te vas diciendo que tienes una urgencia. Salimos a la noche. Caminamos juntos. Si vamos a un bar va a ser lo mismo, ¿no? Te digo que sí, pero que no perdemos nada con intentarlo.

Nos sentamos en una terraza. ¿Qué vinos tenéis? La camarera dice que por el momento no están sirviendo ¿Una tanda mala? y tus ojos brillan entre la picardía y la desesperanza. Ella nos mira y asiente. Le digo que nos viene pasando lo mismo. Nerviosa, refriega una mano contra la otra. Tomo sus manos entre las mías, todo va a estar bien. Ella acerca una silla. Es que vosotros no entendéis, yo llego a mi casa después de una noche de mierda, tomo una copa de vino y me duermo pensando que mañana irá mejor. Sí que entiendo, sin vino no escribo y si no escribo no vivo. Tus brazos cruzados sobre tu pecho ahogan tus palabras: yo sin vino, lloro todos los días.

A la semana, viñedos secos, ramas frágiles y campos abandonados. Nos acostumbramos al sabor ¿De dónde lo sacarán? De la sangre, de las venas abiertas y el corazón latiendo, dices.