68. DE CUANDO CREÍ MORIR DESDE MI BUTACA DE FLORES
Carolina González Arboleya | La vecina del 2°

Mi forma de resucitar es la que me permite relatar esta historia que, de no haber sido así, os la escribiría desde el paraíso.
Insistía la señora, dueña de la joyería de la esquina, en que asistiera al pequeño «brunch» que había encargado para la inauguración de su apartamento. Me costaba trabajo darle una contestación negativa. Vecina del 3º y yo del 2º. Si le decía que no, debía tener una buena razón porque me la encontraría a menudo en el ascensor. Si le decía que sí, sabía que aquella soporífera reunión sería de señoras emperifolladas, ensortijadas, perfumadas y que ninguna bajaría de los 70. No me lo pensé más. Asistiría encantada, por supuesto. De esta manera vería la decoración de su apartamento y, por qué no, pasaría un ratito inusual. Dueña de tesoros, hija y nieta de joyeros, solterona y con una joyería que quitaba el sentido.
Viernes. Seis y media. Tercer piso. Rosario me abrió la puerta entusiasmada por verme, como si una corriente de aire fresco entrara en aquel piso ya repleto de señoronas que iban y venían por las estancias alabando su buen gusto. Entramos por fin en el salón. En las ventanas, majestuosas cortinas de cretona con flores estampadas a juego con el sofá. Bandejas de plata a lo largo y ancho de la mesa con fiambres variados y quesos. Las copas de cristal cuidadosamente alineadas.
Ocupé una de las butacas orejeras de girasoles. Sumida entre cojines, cortinajes, muebles de madera maciza y señoras de melena cardada en la peluquería. Las bandejas iban y venían. Cada vez que la joven de cofia me invitaba a coger algo, yo inclinaba mi cabeza como gesto de agradecimiento y alargaba la mano para alcanzar otro trozo de queso. En esos momentos desaparecí de la faz del salón. Todas pasaban soberanamente de mí, la más joven, la vecina del 2°. Tercer bocado de jamón. Jamón serrano presentado en forma de «rulo» de manera curiosa. Lo introduje en la boca. Masticaba con ganas. El jamón no se deshacía, no era capaz de tragarlo. Gotitas de sudor frío en mi frente. Sonreía. Cada vez que intentaba llevar la mano a la boca para escupirlo una de las señoronas me miraba con gran sonrisa teñida de color uva por el vino tinto queriéndome hacer partícipe de la reunión. No puedo, no puedo. No puedo sacarlo. ¿Qué hago? Lo trago. Lo trago. Me muero. Mitad del rulo de jamón bloqueado en mi garganta, mitad en la boca. Ni para adentro ni para fuera. Me ahogo. Sudo. Enfundada en el sillón, subo los brazos al aire, hago aspavientos, nadie me mira, ni señoras, ni mujer de cofia. Meto mi mano en toda la boca, tirando del rulo. Ya floto. Ya está mi alma por el techo del salón observando a una pobre invitada que lucha con un trozo de jamón. Toso con fuerza. El jamón sale disparado hacia la cretona. El campo de girasoles me acababa de salvar la vida.