539. DE CUERPO PRESENTE
Efraim Centeno Hernáez | Jacobo Calleja

Si por mi fuera, yo no iría ni a mi propio funeral. Al de Mario, digo Mariano, fui por mero compromiso. Mariano Fuentes. Fui compañero de clase de su hermano, y no nos veíamos desde la EGB. Ese día no estaba yo muy católico y me aburría mortalmente. Me pasé toda la misa imaginando que el retablo del siglo XVI era un cómic. Inventé en mis pensamientos un chiste malo para cada viñeta.
—Lázaro ha resucitado. ¡Hosana! ¡Hosana! O sana, o se vuelve al sepulcro.
El cura, dijo con voz lastimera que, para terminar el acto, íbamos a hacer lo que le hubiera gustado a Mariano. Su hermano, casi me casca una costilla con un codazo de complicidad.
—Tomarnos un copazo —me suelta el tío al oído, en mitad del silencio de la catedral.
Pero lo que tenía en mente aquel sacerdote avinagrado, era rezar tres avemarías. Así que, sin mayores emociones, terminó el acto. Ahora y en la hora de nuestra muerte, por fin.
Después de esto, se pueden imaginar ustedes la cara que se me puso el sábado siguiente cuando me topé con el muerto, más tranquilo que un ocho, tomando unos vinos en una taberna cerca de la plaza del Mercado.
—¡Pero bueno, pero si eres tú! —le dije excitado y me quedé pasmado mirándole.
—Soy yo, claro. ¿Qué te pasa? Ni que hubieras visto un milagro.
A ver, después de veinte años sin ver a ninguno de los dos, había pensado que el que había muerto era Mario, un tipo simpático que me alquiló mi primer piso, que también fue al colegio de los Agustinos Descalzos, y que ahora tenía delante de mí, sujetando una copa de tinto. No era ningún milagro, sino un patinazo de mi memoria. Mariano, el muerto, era otro. Lleno de euforia, abracé a Mario, que estaba vivito y coleando, y le planté dos besos. El pobre me miraba atónito. Le cogí las manos, le miré a los ojos con ternura y empecé a reírme a carcajadas mientras los paseantes nos miraban de reojo.
—Eres tú, eres tú. ¡No sabes lo que me alegro de verte! —le dije.
Y entonces se me saltaron las lágrimas y sollozando como un crío, abracé con todas mis fuerzas en plena calle Mayor a aquel agente inmobiliario calvo y rechoncho.