608. DE DOS EN DOS
Javier Jimenez Ramos | BENDER

DOS EN DOS
—Soy Gilda. Tu Alberto, lo sé. Llevas un mes desayunando en el mismo sitio y sin parar de mirarme.
Mañana libro. Te espero a las siete— Y me dejó un guiño, un platillo con la cuenta y su dirección en una
servilleta, y un contoneo de vuelta a la barra. Gilda, por fin se había fijado en mí.
La puerta estaba entornada y en una nota se leía: “Comprar ajos, pan y tampax”, medio tachado, y
debajo “entra sin llamar”. Giré la puerta con fuerza por la corriente y tintinearon unas campanas de cerámica.
—¿Eres tu churri? Estoy en el baño, ahora mismo salgo—me gritó.
¿Churri? Un escalofrío me recorrió la nuca. En la pared de la izquierda había dos pinturas de payasos
llorando, y un cuadro en relieve de lo que parecía una escena de una taberna irlandesa del siglo XIX. Al fondo, entre dos puertas, una bandera enorme de los Milli Vanili desnudos de cintura para arriba, clavada con chinchetas, que con el viento se inflaba haciendo que sacasen pecho desafiantes. El sofá estaba cubierto con una funda de perritos con gafas, bigote y dentadura humana. Colgando de un tendedero portátil, boca abajo, una chaqueta de chándal del Real Madrid con lo que debía ser su nombre completo, Emeregilda, y el número 69. Sobre la mesa baja de mármol, tres paquetes de Condal, la figura de escayola de un santo con una oveja a medio pintar, cuatro botes de témperas, y un libro de Danielle Steel con varios post-it marcando las hojas. ¿Qué coño habría encontrado ahí para intentar recordarlo? Los pomos redondos de las puertas interiores, y todos los tiradores de la cajonera, estaban teñidos de negro con pintas blancas. Olía a mezcla de ambientador de limón e insecticida como para tumbar un elefante. No querrá que le piquen los mosquitos en el culo a los tipos que se sube a casa, pensé. En una esquina un gato escuálido disecado se sujetaba de puntillas sobre las uñas. Estoy seguro de que lo había disecado ella. Por la puerta izquierda se veía su habitación. En la mesilla tenía una foto de Cristiano Ronaldo en un marco de plata, y sobre el cabecero, un gran cuadro en tonos pastel de una pareja desnuda abrazada, sobre el fondo de un amanecer, y observándoles en primer plano, una gaviota blanca agarrada a una rama. Sobre la colcha rosa, un peluche de un San Bernardo tamaño real, sin barril de licor porque se lo debió beber el día que decidió decorar el cuarto. Hasta ahí se veía su habitación desde la puerta de la calle, afortunadamente. La puerta de la derecha era la del baño, con una apertura inferior lo suficientemente grande, como para que la figura de Emeregilda, sentada en el wáter, se reflejase en el suelo hasta la altura de los tobillos. Se pintaba las uñas de los pies mientras cagaba.
Bajé los escalones de dos en dos.