1440. DE EMERGENCIA
Julio Enrique Escorcia Vásquez | Teo

DE EMERGENCIA
Seudónimo: Teo
No aguanto más, Rocío. Si no lo hago ya, me va explotar la vejiga. Dijo Marcela mientras miraba a los costados buscando un lugar donde pudiera agacharse y liberar la presión, pero en derredor solo había un matorral exiguo que ilusamente trataba de decorar la pequeña pared que dividía las vías poco transitadas de aquella zona.
Ma, te dije que orinaras antes de que saliéramos.
Y cómo iba a hacer si no tenía ganas en ese momento. Espérame aquí, yo me voy a agachar en ese montecito que está allá.
¿Te volviste loca? Allí te ves completica.
¿Quién me va a ver si por aquí no pasa nadie? Alegó mientras se dirigía hacia el punto señalado.
Marcela entró al pequeño matorral y se agachó bajándose los calzones, entre tanto, Rocío divisaba hacia el horizonte en contradicción con ella misma, no sabía si desear que viniera una camioneta para salir de allí de una vez o que se demorará un poco más para darle tiempo a su madre, pero la providencia o lo que en ese momento estaba de guardia decidió concederle el primer deseo.
Una camioneta venía decidida hacia la parada. Rocío se dio cuenta y comenzó a hacerle señas a su madre para que se apurara, pero Marcela estaba concentrada en desahogarse por completo y no la vio.
Inesperadamente, Marcela sintió que se mojaba su brazo izquierdo y volteó hacia esa dirección. El perro, que quizá estaba tan urgido como ella, la contempló sin inmutarse y continuó como si nada ocurriera. Ella, impresionada por la desfachatez del animal, tardó algunos segundos en responder y luego lo espantó, no obstante, la reacción del cuadrúpedo no fue la esperada, no corrió a terminar de orinar en otro lugar, sino que le mostró los dientes a la atrevida que osó interrumpirlo y empezó a ladrarle sin darle tiempo a que se terminara de subir los calzones.
Desde la parada, Rocío contemplaba cómo su madre corría desesperada y subiéndose los calzones delante de un perro que se mostraba con intenciones claras de morderla.
Por una parte, Marcela y el perro se acercaban a Rocío y, por el otro, la que parecía ser la última camioneta de la tarde, también se aproximaba, ambos estaban a pocos metros y Rocío, quien luego pedirle la parada al transporte se agachó para agarrar una piedra. El perro retrocedió y se desvió hacia un costado.
Marcela se terminó de secar las manos y los pies y subió a la camioneta quejándose con su hija, que infructuosamente trataba de hablarle sin reírse.