´¡DE FARRA Y PENDONEO!
Ramón SÁNCHEZ GARCÍA | Carpeto Vetónico

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¡DE FARRA Y PENDONEO!



Nadie quiere creerme al exponerles el porqué de mi estancia aquí, hospitalizado e inmóvil: me abandonó mi ángel custodio, me dejó tirado tal que una alpargata vieja.

Mis visitantes ríen y miran escépticos el entorno aséptico, las descendentes lágrimas del gotero; un sueño, persisten, pero mi guardaespaldas celestial se presentó al amanecer en el aspecto que suponemos, aunque sin alas, pues estorban mucho, según alegó, y una gran mayoría ya se las habían amputado. Me pidió perdón, compungido, y desapareció asegurándome que pronto llegaría un sustituto totalmente esterilizado de libido; incluso antes de difuminarse me mostró medio avergonzado lo que pudiera tratarse de unos atributos masculinos relativamente decentes.

No les acompaño en las carcajadas singulares y plurales; no es mi intención mentir o resultar fantasioso.

Pues verán, anoche acudí a mi primera y única cita con Conchi, sin más detalles sobre su persona; me había enrollado por Internet con una mujer coetánea hastiada de ser una perdedora, según me dijo, que anhelaba tratar de librarse de su propio sambenito impuesto,

–Como yo.

le confesé sincero, para quedar en un pub céntrico y tomarnos unas copas con la sana intención de conocernos mejor y desprendernos de tanto pesimismo. Ambos teníamos razón y la velada fue decayendo en interés y en intenciones, el futuro en lontananza comenzó pronto y acabó enseguida. Pero mientras yo fracasaba en otra pretensión chapucera de dormir emparejado mi escolta espiritual convenció a su receptiva homóloga para desatendernos unas horas y transportarse al séptimo cielo dejándonos desprotegidos.

¡Qué mal ahogan las penas los cubalibres cuando no se tiene de qué hablar con la parte contraria que actúa igual! Éramos dos seres aburridos compitiendo en nuestra soledad interior y demostrando tener muy poquitas luces para aprovechar la ocasión en un reservado oscurecido.

De repente, ya inmersos en este hoy, ella se marchó entre disculpas alegando un problema íntimo que no hubiera hecho falta como excusa, porque a la vista estaba en ese encuentro aciago la imposibilidad de continuar, como tantos precedentes; yo también quería huir; sin embargo mi caballerosidad exigía no rendirme el primero. Rechazó, angustiada, mi calor, mi compañía; aún aguanté en el local unos minutos, confirmando mi cenizo sentimental; pagué la cuenta, ciento veinte lereles, y me fui con la cabeza alta ante los demás, resignado.

Intuyo que los vapores del alcohol me sentaron mal y me nublaron el discernimiento al salir del establecimiento al aire frío y caminar atolondrado por la acera en busca de un taxi trasnochador.

El resultado de mi imprudencia en un semáforo con el muñequito rojo que crucé insensato ordenando la rectitud de mis pasos y el peso de mis tribulaciones, distraído, puesto que acabaron rotas unas cuantas de mis costillas diez metros más allá de donde no quise estar.

Así, en el ínterin, el machote de mi angelote se iba de farra y pendoneo. Desamparado quedo.

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