De manual
Begoña Robledo Casal | FamousBlueRaincoat

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Emilio vio acercarse al chaval con las manos en los bolsillos. Se levantó del banco para saludarle:

—Chamara, ¿verdad?

—»Chmara», es un apellido georgiano.

—Lo que sea. Cada vez os ponen nombres más raros en la academia.

Emilio asintió hacia la cafetería que quedaba al otro lado del camino.

—Ese infeliz de ahí es tu examen final, según me han dicho.

Aquel contable bebía café sin menor preocupación que la de que el sol no le diese demasiado.

El chico se rascó la nuca y se giró hacia Emilio.

—¿Leyó el email que envié? Con mi plan de, ya sabe, asesinato.

—La letra era muy pequeña y no me apetecía ponerme las gafas de leer.

Chmara abrió y cerró los labios un par de veces hasta que habló otra vez:

—Estuve investigando y descubrí que él es un amante del arte gótico. Por aquí hay un antiguo convento abandonado. Podríamos fingir que somos guías turísticos para atraerle al monumento y, una vez allí, empujarle al patio interior desde……

Emilio suspiró.

—Quita, quita. Vamos a seguirle durante el camino de vuelta al hotel. Hay unos callejones oscuros que nos serán la mar de útiles. Lo arrastramos a uno y lo ahogamos con hilo de pescar. Luego envolvemos el cuerpo con una alfombra y lo dejamos en un contenedor.

Chmara sacó un librito de su bolsa de cuero.

—Pero el manual dice que lo mejor es conocer a las víctimas a fondo con el fin de presentarles una situación que les resulte familiar para que tengan la guardia baja.

—Chico, estás muy verde. Esta es la primera vez que matas de verdad, ¿o no? —le dio unas palmaditas en el hombro. —Yo soy el que sabe, así que mira y aprende.



Al final Chmara no tuvo otra que callarse y dejarle actuar. Siguieron al contable por las calles de la ciudad. Esperaron hasta llegar a una zona más tranquila para agarrarle entre los dos y arrastrarle a un callejón. El otro forcejeaba, pero no tenía demasiada fuerza. Para Emlio, era un encargo sencillo. Le cruzó la cara de un puñetazo y le dejó inconsciente. Luego le agarró por detrás para dejárselo fácil a Chmara.

—Chico, el hilo de pescar.

La mirada de Chmara había cambiado. A Emilio no le gustó lo que vio, pero era demasiado tarde. El joven le empujó y el cuerpo del contable cayó sobre él. Antes de que pudiese quitárselo de encima para poder levantarse, Chmara puso su rodilla contra su pecho, inmovilizándole. Utilizó el hilo de pescar, rodeando el cuello de Emilio y luego apretando con fuerza. Ya no quedaba ni el menor atisbo de nerviosismo o incompetencia en aquel chaval. Ahora entendía que nunca los había tenido. Emilio se habría reído, pero ni siquiera podía respirar. Qué listos los de la academia, habían matado dos pájaros de un tiro: deshaciéndose de él y usándolo como examen.



Ya por la noche, la voz al otro lado del teléfono le dijo a Chmara:

—Muy bien, has aprobado.