385. DE PEDIDOS AL RÍO
Fernando Díez Umpiérrez | Fernando D. Umpiérrez

Con el casco de moto en el regazo, miro alrededor cual cervatillo al que le han dado las largas. Aquella casa tenía Lladró y macramé como para siete temporadas más de «Amar es para siempre».
Jacinta aparece con un plato de galletas y una cafetera recién hecha, el pelo cardado hasta desafiar las leyes de la física, y un vestido azul con flores bastante resultón. Era como si en cualquier momento se pudiese colar el micrófono en la toma.
—Señora, yo…
La anciana me interrumpe con un aspaviento que hace que la joyería que tiene en la muñeca baile el «aserejé».
—Déjate de señora, hazme el favor. Ay, no sé qué hacéis los chavales de hoy en día para estar tan en los huesos. Anda, come una pastita, que a tu edad todo son prisas, drogas y porros.
—Me encantaría seguir charlando, pero es que ando un poco liad… ¡Argf! — La frase se me queda atascada en la garganta, al tener que hacerle hueco a la galleta que Jacinta me acaba de calzar entre los carrillos, como un cura dando hostias en la misa del domingo.
—Y cuéntame, hijo. ¿Tienes novia? Porque con esa planta las tendrás a todas loquitas… ¡Ay si yo tuviese tu edad! Tú usa gomita, ¿eh? Que por ahí hay cada «pelandusca» de mucho cuidado. ¿Has comido?
Empiezo a toser por las galletas. Aquello ya era demasiado. Con los ojos llorosos y la barba llena de migas, me levanto a duras penas del tresillo.
—A ver, señora. ¡Que yo lo único que quiero es entregarle la jodida pizza!
—¡Esa boca!
—Perdón… —digo, desinflándome al instante.
—¿Qué pizza?
Estupefacto, señalo la mochila cuadrada con la que parezco un Caballero del Zodiaco y me dejo la vida a dos euros por pedido.
—Ah, sí… Ponla por ahí. —responde Jacinta, quitándole importancia— ¿No quieres una copita de chinchón?
Ahogado aún por la tos de migas, saco la pizza fría y me apresuro a dejarla en una mesita camilla.
—¡No se moleste! —alcanzo a decir mientras salgo por la puerta.
Ya fuera, suelto un bufido de alivio, como si hubiese pasado lo peor. Angelito…
Cuando bajo las escaleras, un motivado está entrenando con un TRX enganchado a la puerta de su piso. Perfecto, Simplemente perfecto.
Al más puro estilo Indiana Jones, lanzo la mochila por el suelo aprovechando una de las flexiones. Luego intento sincronizarme al compás del «chunda-chunda» de los auriculares del mencionado vigoréxico. Arriba, abajo, arriba, ¡salto!
Por desgracia, no calculo bien el movimiento y acabo atrapado entre la pared y una bola de carne sudorosa.
—¡Tío! —dice la bola, quitándose los cascos.
—Disculpa, iba con prisas…
—¿Eres el de las pizzas? Quince minutos esperando el puto pedido, chaval. Te voy a meter un puro que te vas a cagar.
Miro alternativamente al número que figura en la puerta del «Winstrol» y el mismo número impreso en la factura del pedido.
Dos carreras y un Máster para esto. Mañana mismo te juro que me pongo a estudiar oposiciones.