399. DE PERDIDOS, AL AGUJERO NEGRO
Nerea Peña Peña | Psique

Érase una vez, en un planeta muy lejano, un joven pelirrojo pilotaba su nave como podía. Porque eso de pilotar no era lo que mejor se le daba y porque un simpático pirata espacial había reventado algo importante de su nave. Tan importante, que estaba aterrizando en ese planeta desconocido.
On-Rin Orion sabía que había reglas básicas a la hora de viajar por el espacio, como no aterrizar en un planeta desconocido o evitar a los piratas espaciales. Había incumplido muchas reglas, empezando por esos planos secretos que llevaba en el bolsillo.
De perdidos, al agujero negro, como se solía decir.
La nave se estrelló de una manera poco elegante, pero no mortal, así que era su día de suerte. Tuvo que salir de ella porque tenía que encontrar alguna pieza de repuesto, o ayuda, así que se aventuró por un bosque de espinas. Llegó a un enorme edificio de metal, con torres alargadas y un puente levadizo, parecía un castillo.
Escaneando la zona, se dio cuenta de que solo había una mancha de calor corporal, en la torre más alta de todas. Allí, había una chica tumbada en una cama. Tenía largo pelo castaño en gruesos tirabuzones, la piel muy blanca y un largo vestido. Dormía.
Viendo que la chica podía respirar, se atrevió a quitarse la mascarilla. Había máquinas por toda la habitación y se dedicó a inspeccionarlas. No tardó en darse cuenta de que la chica debía haber sido criogenizada. Le llevó algunas horas, pero averiguó cómo despertarla, picando código.
Cuando terminó, se acercó a la cama y miró a la chica, a la espera. Tardó un poco en abrir los ojos, y algo más en reaccionar. Después sonrió, le agarró de la nuca para que se agachara, y lo besó.
—¿Qué…? —preguntó, apartándose.
—¡Mi príncipe ha roto la maldición! —dijo la chica.
—No soy ningún príncipe. Soy On-Rin Orion.
—Hola, On-On, mi amor.
Él frunció el ceño, no entendía qué estaba pasando, pero tampoco pudo preguntar, porque se escuchó un rugido.
De la enorme puerta que daba a una terraza, se asomó la cabeza de un ser reptiliano, con escamas negras, colmillos afilados y ojos amarillos.
—¿En serio existen los dragones? —preguntó On-Rin.
El ser pareció decidir que le caía mal. Le pasaba a menudo, a veces se preguntaba si era por ser pelirrojo. Tuvo que esquivar una llamarada y meterse debajo de la cama.
La chica se rio. Se levantó la enorme falda del vestido y sacó un arma. Apuntó a la criatura en el ojo y le dio, con un disparo láser. Se escuchó un golpe sordo cuando el cuerpo del dragón cayó.
—Tranquilo, solo lo he dormido —dijo ella, sonriente.
—No entiendo nada de lo…
—Vamos, On-On, hay otras princesas a las que liberar.
Le tendió la mano y On-Rin se dijo que, bueno, podría haberle ido peor después de romper tantas reglas de los viajes espaciales.