732. DE SORPRESA EN SORPRESA
CALAMANDA NEVADO CERRO | Carlos

Cuídate, me dicen los médicos antes de tener uso de razón. Exactamente desde el día de mi comunión. Corría detrás de una mariposa blanca, no di los pasos adecuados y caí sobre peñascos, parte de mi perro y encima de un arbolito primoroso cargado de espinas y raíces rugosas. Curro se levantó brincando jubiloso y con apetito. Encontró miguitas de tarta y derramó la lengua sobre ellas hasta no dejar rastro. Su príncipe valiente, lloraba debajo de un montón de palomas, vestido de marinero. Hice el payaso queriendo deshacerme de ellas. Conseguí varias boñigas sobre la cabeza que llegaban al borde de mi boca. No sabían a miel ni olían a albahaca. Con paciencia y los pañuelos de papel que pudieron derramar en mi cabeza aparecí en la puerta de casa montado en la bici nueva, regalo de comunión de mis abuelos.
Qué pena de piel de porcelana, decía mi madre después en el baño, metiéndome primorosamente los ojos dentro de las heridas y las manos entre el pelo, a la espera que se deshicieran los excrementos y el agua de la bañera se viera impoluta. Esperé días a que me naciera cabello con olor al jabón que uso desde la infancia.
Por la noche tardaba en quedarme dormido, por culpa de los arañazos, y porque renacía a mí alrededor una peste a culo de ave que sobrevolaba la sábana con las que me tapaba la cabeza.
Cada despertar, un asombro. En un segundo brotaba la dichosa cagada en la raíz de mi cuero cabelludo y me recorría un escalofrío. Con temblor despegaba la nariz de la almohada antes que bullera la intensidad de esa pestilencia a heces de paloma. En ese trance ni sentía la presencia de mi Ángel de la Guarda, ni las placidas palabras de mamá, ni sus besos tibios, ni me interesaban los cromos ni las canicas. Solo el reguero de lluvia de la ducha, cayéndome por el rostro, con sus pétalos de espuma, me devolvía la alegría emigrada.
No salí de paseo, ni perseguí un balón; no sé cuánto tiempo. Cuando lo hice fui a chapotear en un gran charco, tranquilo y contento, mientras giraba con los ojos cerrados los manillares de la bici. Y sin saber cómo aterricé en una gran fuente cercana. Me rescató del agua, y de las ataduras de cables y tuberías, un hombre elegante con reloj de oro y bien vestido hasta que se mojó. Entonces parecía el mendigo de barba cana de mi esquina. Me preguntó muchas veces si no sabía montar en bicicleta. El miedo me quemaba. Le salían las palabras como ascuas. No quería comer nada. Empecé a aburrirme y me atraqué de dulce. Como si me hubiera arrollado un tren quedé en el hospital, pensando ¿Aprenderé poco a poco?