1429. DECLARACIÓN JURADA
Concha Montes Martín | Cornelio P.L.

Dejé el café y la tostada a medio comer y a mi compañero Fernando preguntándome que qué me pasaba.
—Nada —le contesté con restos de la tostada todavía en la boca —cosas del jefe, ya sabes como es.
Y me levanté de la mesa y me fui antes de que siguiera preguntando.
En el contestador, una voz desconocida me decía:
—Corre al hotel, la niña te la está pegando con un tipo.
Lo que me punzó el estómago fue que la llamara niña. Que yo supiera, aparte de su difunto padre y de mí, nadie más la llamaba así.
Y corrí como un gamo, vaya si corrí.
Emilio el conserje me dijo que a esa hora mi novia debía andar por la tercera planta, y subí los escalones de tres en tres.
—Esa chiquilla es una máquina —me gritó mientras yo me precipitaba escalera arriba. Y noté cierto orgullo en su voz, como lo hubiera dicho su padre.
La encontré en la habitación 326; en ese momento aplanaba las sábanas alrededor del colchón y las estiraba de modo que no quedaba ni una arruga. El susto que se llevó fue grande, casi se cae . Y es que entré en la habitación como un toro de miura lo hace en el ruedo.
Cuando comprendió lo que me había llevado allí, su expresión de susto se transformó en una sonrisa socarrona que yo conocía bien y que significaba que había vuelto a meter la pata, y ahí fue cuando me di cuenta de que me habían gastado una broma, algún necio que se estaría descojonando de la risa a mi costa. Aun así me repasé la habitación entera, debajo de la cama, dentro del armario, detrás de las cortinas, incluso eché un vistazo a la bañera jacuzzi. Total, treinta y tantos metros: y aparte de mí y de mi niña, nadie más había en la 326.
Que quería darle una sorpresa, le dije. Que cómo que no era su cumpleaños.
—Que no, tonto, que faltan por lo menos dos meses.
Y se rio de esa forma bestial que me tambalea, enseñando los dientes sin reparo. Claro que ella los tiene blancos como la leche, como la luna blanca en la oscura noche. A la niña le gusta mucho que yo le hable de esta manera tan cursi, dice que en el fondo soy un poeta.
Le di tres o cuatros besos y dos buenos achuchones, la carne prieta de sus nalgas escapándose entre mis dedos. Fue una pena que tuviera que irme tan deprisa, que no pudiéramos deshacer aquella cama tan bien hecha. Pero no le había dicho al jefe ni una palabra de mi escapada y me debía estar esperando, y no es mi jefe un hombre al que le guste esperar.
Culpable de lo que ocurrió después fue la sed que tenía, la boca seca del fuego que me había abrasado hacía un rato. Y pensé que en un hotel como aquel nadie repararía en un simple botellín de agua.
Contorsionista de circo sería.