DEDICADO A LINDA BOOP
PILAR RODRIGUEZ CAZORLA | LINDA BOOP

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Mi amiga Zira me invitó a entra a su casa.

Era un piso vacío ya por haberlo desalojado donde aún le quedaba algún que otro mueble.

Entré y allí había un gato grande con patitas blancas, de lomo negro y con unos ojos verde champán brillantes.

Mi amiga me dijo, lo encontré en la calle en medio de la lluvia, estaba haciendo carantoñas para ver quien la acogía y me acordé de ti porque yo tengo gato.

Yo estaba nerviosa porque nunca cuidé de ningún animal además los gatos tenían mala fama de ser ariscos y vengativos y un largo etcétera de tonterías varias.

Notando mi inseguridad Zira me explica que solo la ayude a cuidarla unos días y si yo decido no quedarme la gata, seguro que habrá alguien quien se la quiera quedar.

Fui a visitarla así como quedamos varias veces al día, le ponía comida, agua y le cambiaba el arenero y mi amiga me comentó que ya había un muchacho interesado en la gata.

En ese momento me dio un vuelco el corazón y pensé ¿y si él no la cuidaba bien?.

Justo después fui a visitarla y la gata estaba detrás mía, me iba persiguiendo por toda la casa y en un momento en que la miré a los ojos, me puso esa carita que sale en la película Shrek donde el gato con botas se queda mirando con los ojos grandes, enormes brillantes… me puso esa misma carita y pensé, la gata me ha elegido como su dueña. Adelante y me quedo con ella. Iré aprendiendo a cuidarla poco a poco pero ya está la decisión tomada, me la llevo a mi casa.

Así se lo comuniqué a Zira quien quedó encantada.

Cogí a la gata y ella tenía miedo que la abandonara en la calle, en el momento que cogí el arenero junto con la gata se tranquilizó.

Una vez en mi piso, decidí como llamarla. No quería ponerle un nombre humano sino que fuera una cualidad de ella así es que la llamé Linda… y como es blanca y negra como la chica de dibujos animados «Betty Boop»… la llamé «Linda Boop».

Me quedaba observándola, como se acurrucada, como comía con ganas, como sacaba su lenguecilla para beber agua. Ronroneaba en mi cama.

Cuando me levantaba para ir a la cocina o al baño, ella me adelantaba y se ponía a caminar despacito sensualmente, como diciendo aquí estoy yo, la reina de la selva.

Como en el pasillo no cabiamos ambas a la vez, iba detrás de ella a su ritmo. Cuando tenía prisa, la cogía en brazos y recorría el pasillo con ella de un lado a otro. Y mi gata tan tranquila. Me estresaba pero me divertía mucho.

Recuerdo la primera vez que fui al baño, me siguió y finalmente la dejé entrar.

Así, siempre que iba al baño, ella me seguía y como tenía allí su comida, disimulaba que comía o comía un poco. Tanto que en el momento en que salía del baño ya estaba preparada para seguirme dejando automáticamente de comer.