404. DEL PERDON, EL OLVIDO Y OTROS DESMANES
JESUS ARROYO CORTEZ | Chuy

DEL PERDON, EL OLVIDO Y OTROS DESMANES
Con las ultimas hojas del libro, encontró un suspiro de muy módica satisfacción en el final feliz que pensaba por adelantado, ocurriría en aquella loca aventura descrita en las inverosímiles apuestas del autor, lo cerró casi con inconformidad; miró a lo lejos y recordó bajo la penumbra de los primeros días de marzo, su propia tragedia, oculta para sí mismo, inobservable y tamizada en las lejanas cumbres de los silentes parajes de aquella soledad infinita. Había vuelto a sus orígenes, a sus primeros registros de persona en aquellos sitios que vieron mucho tiempo atrás el inicio de sus correrías bajo el cuidado sus padres y el innumerable clan familiar que pululaba en aquella época en un sinfín de arduas tareas, casi siempre asociadas a las actividades del campo. El contraste en tiempo lo envolvió – como solía suceder- en las miserias de sus pensamientos, arraigados y sujetos en su memoria, anclados vehementemente en los intersticios más profundos de su memoria. Logró andar un largo trecho hasta los yagrumos, esos majestuosos gigantes de hojas blanquecinas donde revolotean las neblinas, que anunciaban con plena fiabilidad la proximidad de las lluvias, divisó a la distancia, las recientes surcos de las tierras en su alistamiento para la nuevas siembras, revisó con desdén el amplio y hermoso paisaje, su belleza y nostalgia no tenían acomodo en su tribulación y congoja en que se había convertido su existencia de los últimos tiempos.
Incluyó en la ecuación de sus pesares la noble y fresca brisa de los andes en sus últimas estribaciones, su verdor, sus elevadas colinas ondeando en danza majestuosa y perpetua de un encierro perenne; caviló sobre el paisaje rogando disminuir su lucha por la disculpa, por el perdón infinito y al que no se encontraba merecedor; su redención se le escapaba con facilidad extrema e inalcanzable. No soslayó- o no lograba hacerlo- superar, remontar la inmensa carga del perdón debido, de la justificada ausencia y de sus olvidos precoces, solo el andar y discurrir del tiempo matizarían en diminutos lotes la pérdida inexorable de su amada.