Delgado y con pelo
Carmen Santamaría Alonso | Trampantojos

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Me está mirando, ¡qué nervios! ¿Lo saludo? ¿Me identifico? ¡No, no! Vuelve a su periódico. No me ha reconocido. Le dije cuarenta y la foto estaba algo borrosa… No me ha pillado.

Carola se ha sentado junto a la ventana para verlo entrar en la cafetería. Ha llegado una hora antes y se ha tomado dos cafés, el segundo descafeinado para no abusar. Ricardo ha llegado cinco minutos antes de la hora prevista y se ha sentado dos mesas más allá, con la cara hacia ella. Carola lo puede examinar sin disimulos porque no se ha quitado las gafas de sol.

Es guapete, atractivo incluso. ¿Por qué se relaciona por redes digitales un hombre que no es nada feo? ¿Por qué no quiso mandarme una foto? ¿Será tímido? ¿Será raro? ¿Y cómo lo averiguo si no hablo con él? ¡Ay, cuando vea que no tengo cuarenta! Dice que coincidimos en los gustos, que comparte mi afición al cine y a la novela negra, que admira mi sensibilidad. Y que le encantan los restaurantes innovadores, como a mí. ¿Será suficiente para congeniar? ¿Me levanto ahora? ¿Me escapo?

No hay muchos parroquianos en el local a estas horas. Una pareja de estudiantes en una mesa rinconera, tres señoras jubiladas en otra, un hombre maduro en la barra, Ricardo y ella. Se dieron sus nombres auténticos cuando él le pidió su dirección de correo para entablar una conversación privada, al margen de la aplicación. Llevan tres semanas comunicándose a diario, sintonizando. Ricardo ha insistido en que era momento de conocerse. Y Carola no ha sabido negarse.

Las jubiladas se ríen a carcajadas de lo que una relata. El hombre de la barra las observa con perplejidad. También las miras Ricardo, levantando la cabeza del periódico que lee. Carola confirma que es un hombre guapo, muy bien conservado para sus cuarenta y ocho años. Está delgado y el pelo no le escasea, como él se describía. No tiene pinta de ser tímido ni raro. Entonces, ¿cuál es su problema para ligar? Está divorciado desde hace quince años. ¿Cómo es que no ha encontrado pareja desde entonces?

Discúlpeme, señora. ¿Está libre esta silla?

El hombre que pregunta es el parroquiano solitario de la barra. Se ha acercado a la mesa de Carola sin que ella lo advirtiera. Sonríe como si estuviera contando algo gracioso.

Pues sí, pero no es la única libre. Tiene usted otras….

El hombre sigue sonriendo. Carola adivina una segunda intención.

¡Qué ganas de conocerte! Eres tan guapa como en la foto que me enviaste. Unos añitos más, sí… Pero ¿quién no se quita edad? Todos lo hacemos. Yo tengo cincuenta y cuatro, lo confieso. Pero lo demás es cierto: estoy delgado, no he perdido pelo, me gusta el cine y los novelones policiacos, me gusta probar restaurantes… Por cierto, he elegido uno para comer hoy. Está aquí cerca, en Prado. ¿Te apetece un poke de salmón? ¿O prefieres un risotto?

Nos va a encantar. ¿Nos vamos, Carola?