DEMASIADO PERFECTO PARA SER VERDAD
César Niño Rey | Clarissa Miller

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El restaurante estaba casi lleno, pero podíamos entendernos sin forzar la voz y, aunque al escucharle contar alguna anécdota me costaba no distraerme con sus facciones clásicas, aquella sonrisa generosa, los brazos ceñidos por un polo negro de manga corta, la conversación no decayó en ningún momento. La lámpara suspendida sobre la mesa nos aislaba, con su luz aterciopelada, del resto del mundo.

Tras acompañarme a casa, alargó la despedida junto al portal. A duras penas disimulé una repentina incomodidad: algo me chirriaba en su simpatía, en esa confianza tan impecablemente agradable como la noche de abril que nos rodeaba. Sin embargo, cuando propuso, a través de un mensaje encantador, una segunda cita, enseguida acepté. ¿Acaso no me había prevenido la psicóloga contra mi tendencia a los juicios precipitados?

Durante la película, una comedia sentimental que elegí para salir de dudas, comprendí lo acertado de mi primera impresión. Se reía a la vez que la masa indistinta de los espectadores y, en el desenlace lacrimógeno de rigor, se le empañaron los ojos sin que intentara disimularlo. Sentencié que estaba exprimiendo sus dotes interpretativas para que, en la penumbra de la sala, apreciara qué bien encajaba en el molde del treintañero formal pero moderno, tan equilibrado como empático, que abunda en los anuncios de coches e hipotecas.

Aun así, terminé sugiriendo que volviéramos a vernos. Me obsesionaba la sospecha de que esa fachada amable escondía un laberinto en cuyo centro había una cámara de los horrores o, simplemente, un gélido cuarto vacío, y necesitaba demostrarlo. Aunque lo arrastré de tienda en tienda una tarde entera para agrietar su compostura, ni siquiera se impacientó cuando en una zapatería me probé innumerables botas solo por el placer de atribuirles defectos; recorriendo la exposición de un artista de moda, no discutió las conexiones que me inventé entre aquellos cuadros exuberantes y pintores de estilos muy alejados; en la quinta cita, vigilando su sueño, fantaseé con que fuera uno de esos fanáticos del gimnasio y las dietas, pero no tardé mucho en percatarme de que su figura apolínea era básicamente una dádiva genética.

Avanzado mayo, conoció en una fiesta a las amistades que frecuentaba en aquella época. Toda la noche le estuvieron prestando más atención que a mí, y al día siguiente encontré en el móvil varios mensajes que me felicitaban, con un punto de asombro, por aquel «partidazo».

Paseando por el Retiro, descifré su conducta cuando, al ceñirnos la opulencia teatral de la rosaleda al comienzo del verano, insistió en que nos fotografiáramos para compartir la imagen en sus redes sociales: llevaba actuando tanto tiempo que el personaje lo había poseído.

Acabamos de celebrar el décimo aniversario de nuestra boda. A veces, en especial mientras desayunamos en la terraza con vistas a la sierra y, de pronto, se queda absorto, aún confío en que, en un descuido, se le caerá la máscara, y al fin descubriré lo que ocultan las apariencias, no me importa lo terrible que la verdad sea.