221. DEMASIADO TARDE
Ana Maria Abad Garcia | Manatí

No consigo entenderle: gesticula como un poseso, agitando desordenadamente todos sus brazos al tiempo; guiña a toda velocidad varios pares de ojos lacrimosos de distintos colores; frunce las ventosas que orlan su enorme e informe boca, produciendo unos curiosos aunque ininteligibles ruiditos. Por más que me esfuerzo, no consigo adivinar qué es lo que intenta comunicarme. Hasta que, por fin, esa diminuta llama que anida en todo cerebro humano se enciende y llego a la indiscutible conclusión de que tiene hambre. Es una lástima que lo haya tenido que comprender dentro de su enorme y maloliente estómago.