673. DENTISTAS
JUAN MUÑOZ GONZÁLEZ | TADEO

De niño tenía pavor al dentista. El aspecto de Don Ramón, que así se llamaba, no contribuía a eliminar los miedos. Las manos, negras como morcillas, estaban cubiertas de una considerable pelambrera, en la cara destacaba un mostacho mejicano que tapaba su labio superior, y su tremenda barriga sometía a una continua tensión los botones que abrochaban su bata blanca. Nunca soltaba aquellas tenazas de su mano velluda y en la sala de tortura se exponían un montón de cachivaches amenazantes. Tampoco ayudaba aquel horrible ruido del torno taladrando mi cerebro. Cuando iba a su consulta, con una muela podre y en el límite del tormento, obraba un milagro que aún ahora, al recordarlo, me deja perplejo: en la sala de espera, el pánico superaba al dolor, que se me quitaba de repente. Volvía a casa contento con la muela maltrecha en su sitio, pero el engaño duraba el tiempo que me llevaba bajar la escalera y el nervio de aquella muela volvía a mandar señales a mi cerebro que llegaban en oleadas. Así tres veces, hasta que a la cuarta mi madre me acompañó y Don Ramón me extrajo la maldita muela. Si el efecto placebo fuera más duradero, si las trampas del cerebro para ocultar los dolores no fueran como un soplido, no necesitaríamos a la ciencia.
Con el paso de los años, todo cambió en ese oficio excepto su función. Hasta el lenguaje. Ahora se anuncian como clínicas de odontología, que no es lo mismo. La que yo frecuento es íntegramente femenina. Excepto los pacientes. Cuando entras, te recibe un relajante hilo musical y la sonrisa complaciente de una joven que te acompaña hasta una salita donde abundan las revistas del corazón. Cuando llega mi turno me introducen en una sala muy higiénica, de colores tenues, y me sientan en un sillón que se adapta a mi cuerpo sin emitir ningún quejido hasta conseguir algo parecido a la horizontalidad. Enfrente, un monitor enseña el esqueleto de una boca que es la mía. La imagen cadavérica descubriendo la osamenta del rostro me recuerda a la muerte. Ser o no ser. Después, para convertir el trance de eliminar una caries en un suceso anecdótico, la odontóloga inicia una conversación de circunstancias a la que yo asiento con un gruñido, ya que la posición de mi boca, abierta como la de un león bostezando, no me permite articular sonidos inteligibles. Así que entre la amabilidad y la anestesia he conseguido superar los traumas de mis visitas infantiles al dentista.
Terminada la sesión, me informa sobre otra pequeña caries imperceptible que detectó incrustada entre dos muelas. Me da una próxima cita, mientras anota unos números, para eliminarla. Le pregunto si no podemos esperar a que sea perceptible y me dice que no, que es mejor quitarla cuanto antes.
En el mostrador de la entrada me dan la próxima cita y me cobran la sesión. Aquí también hay cambios considerables.