245. DEP
veronica molina | Verónica Molina

Siempre quise ser monologuista, pero he llegado tarde. El humor ha muerto.

La semana pasada intenté escribir mi primer guion. Era sobre una madre que, cansada de mantener al cincuentón desempleado de su hijo, le perseguía en bata y rulos amenazándole zapatilla en mano hasta el bar donde le esperaban sus amigos.

Al darme cuenta de todas las líneas rojas que pisaba mi relato, empecé a escribir uno nuevo. Algo totalmente diferente, alocado, provocador… Algo que terminé titulando: ¿Te imaginas cómo sería la novia del señor que se hizo famoso gracias a innumerables gifs y memes de whatsapp? Me refiero a ese que tenía piel color chocolate y que portaba una gran manguera y que…” He aquí mi segundo intento fallido.

Como no soy de las que tira la toalla con facilidad, continué hasta encontrar el recurso perfecto: un protagonista que no fuera hombre ni mujer, ni joven, ni viejo y así fue como elegí a una “persone” sin género, sin clase social, sin raza… Te diré que, por no tener, no tenía equipo de fútbol ni nombre. Esto último lo hice a conciencia para evitar que los “Beltranes” o las “Britnis” se sintieran agredidos, pero no pasé del gran titular “Erese une vez une persone”

Esta tampoco era la vía correcta porque gustaría solo a los votantes dederechas… ¿O es que me vais a negar que este planteamiento no demuestra la aplastante superioridad creativa de la izquierda frente a los conservadores? La pregunta me trajo un nuevo titular infalible, desternillante… simplemente perfecto: “De los creadores de permitido el paso a perros y perras, niños y niñas llega: no se acerquen a las orugues que pican”. Eliminé el documento. No hablar sobre política o religión es una máxima. Lo saben hasta los usuarios de Tinder.

Para entonces ya era de madrugada. Estaba exhausta pero la cabroncilla que vive dentro de mí me trajo un chiste antiguo para intentar sacarme una sonrisa “Dios mándame ganas de trabajar porque con las de dormir te estás pasando”

El charco de mierda se me tragó. No era capaz de hacerme gracia ni a mí misma. Ni siquiera contesté a la pregunta que me rondaba y que probablemente me sacaría del bloqueo creativo: ¿Cuál es la orientación sexual de un chimpancé cojo?

En ese instante vi el final. La oscuridad. Asistí al funeral del humor, de la ironía, del sarcasmo. Todo había terminado.

Ahora soy autónoma dependiente (que es peor que cobrar el paro), mis compañeros de trabajo no saben mi nombre porque nos identifican con un número. Vivo con mi madre y no tengo pareja. La semana pasada me hice un test de ADN y resulta que de española solo tengo un 2,3% así que tampoco tengo raza ni nación. Llevo unos días cojeando porque una silla de ruedas me aplastó el pie al salir del metro y la pandemia me ha dejado unos cuantos-muchos kilos de más pero no importa. La vida con sentido del humor siempre va a merecer la pena. ¡Qué pena!