841. DERECHO DE UNA NACIÓN
José Ignacio López Hernández | Juan Palomo

Está escrito en las estrellas, aunque todavía no en las fronteras: nuestro país tiene derecho a una
salida al mar. Por encima de discrepancias o enemistades, todos se dan la razón en ello: el
parlamento aprueba proposiciones por unanimidad, los partidos lo recogen en sus programas y los
demagogos lo proclaman. Hace ya décadas que el Ministerio de Defensa dedica la mayor parte de
su presupuesto a una potente y numerosa armada que llena, varada, los almacenes en espera del
gran día.
Nuestros religiosos lo encuentran profetizado en las sagradas escrituras y los poetas ya ponen
gloriosos nombres a ese corredor que atravesará los países enemigos como una espada hasta la
playa soñada. Pasó el tiempo de la diplomacia, de pasear corbatas por despachos para que se niegue
nuestro derecho. En cada calle, en cada casa se repite la necesidad de una salida al mar como una
letanía. Se mira con veneración el pescado, se sala ligeramente el agua de beber y ya casi es
tradición dedicar los domingos a construir, cada familia donde y cómo puede, una embarcación.
Pues conseguiremos abrir una salida al mar, huir y ejercer el derecho de nuestra nación a
desaparecer.