1168. DESACOPLES
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Lucagui

Estornudó con fuerza y en el pañuelo quedó su nariz.
Debió correr hacia el espejo del baño para poder acomodarla en su exacto lugar, no
fue sencillo pero logró adherirla con presteza.
Ese fue el primero de los indicios de que algo no andaba del todo bien.
Al mes siguiente, con el episodio superado por la contingencia diaria, al descalzarse,
su pie izquierdo quedó atrapado dentro del zapato acordonado marrón.
La reinserción a la pierna fue menos trabajosa que la incrustación de la nariz.
Por las dudas aquella noche durmió con los zapatos puestos.
Comenzó a meditar cada acción que desarrollaba para impedir desacoples y
temiendo por la pérdida de algún fragmento de su anatomía.
Pero era imposible controlar todo, empezó a tomar conciencia de la cantidad de
movimientos diarios que se realizan automáticamente sin previa reflexión.
Para evitar males mayores consideró fundamental dejar de usar sombrero.
Cada día el problema tendía a agravarse.
Doble esfuerzo le costó encontrar los anteojos que se llevaron pegados los dos ojos,
y no fue fácil recuperar los dedos que salidos del guante repiqueteaban en el piso del
autobús.
El peine se quería quedar con todo su pelo y los dientes se fijaban a las cerdas del
cepillo.
Al intentar saludar al médico notó que su brazo derecho había quedado colgado,
junto con su saco, en el perchero de la sala de espera.
Un extraño virus- opinó el doctor y le recetó goma de mascar y bebidas cola.
El episodio más desagradable lo llevó a la cárcel al ser acusado de exhibición
obscena al salir de un baño público.
Luego de este bochornoso incidente se volvió radicalmente obsesivo en el control de
cada una de sus acciones.
Sin embargo, a pesar de sus precauciones, nunca pudo saber en que imperceptible
movimiento perdió la cordura.