1138. DESAYUNO PARA DOS
Marta Solano | Eugene O´Neill

Nueve de la mañana. No podía parar de mirar el reloj. Esa noche apenas había podido pegar ojo. Aunque sabía que mi cita no sería puntual —nunca lo era— ya lo tenía todo preparado para el desayuno perfecto: la mesa puesta con mi mejor vajilla, el zumo de naranja recién exprimido, sándwiches de atún con huevo, atún con pimiento y ensaladilla de atún. Para que luego digan que no comemos variado los flexitarianos. Y, por supuesto, dos humeantes cafés, a los que aguardaban una colección de leches en jarritas de diferentes tamaños: avena, soja, almendra, coco y hasta de teta de mamá canguro.
Encendí unas velas y puse una lista de Spotify con el título “Música para la reconquista”. Sólo faltaba que mi alma gemela llamara al timbre y se entregara a mis encantos. No podría resistirse al ver mi espectacular figura, realzada por unas mallas-faja efecto push up que disparaban mis nalgas estilo soufflé.
Por fin sonó el timbre. Eran las once de la mañana y los sándwiches languidecían, la pulpa flotaba sobre una marea anaranjada, al tiempo que las leches se cuajaban. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su sonrisa impecable, sus ojitos brillosos y esa chupa de cuero de tío malote que tanto me ponía.
—¡Qué puntual! —dije arrastrando la “l” hasta lo más hondo de mi paladar.
Mi cara irradiaba felicidad, le había sorprendido, no había duda. Durante el desayuno, apenas habló, tal vez, por miedo a perder la cabeza por mí; eso, o los sándwiches de atún que se comió de tres en tres. Cuando probó todas las leches y terminó su zumo y el mío, se dejó caer en el sofá.
Acompañó la música con un recital de eructos que no dejaron de sorprenderme. Era su particular versión del último éxito de Ed Sheran. Sonreí al pensar que en los países árabes eructar es signo de buena educación. Y me imaginé viviendo con él historias de los mil y un desayunos. ¡Qué más podía pedir! Fui al baño a lavarme los dientes y perfumarme antes del gran momento.
Volví al salón y ahí estaba él, cual ballenato tirado en mi sofá de cuero negro. Corrí a su encuentro, pero resbalé con las mallas y me precipité volando a sus brazos. Preciosa metáfora del amor. Mi cabeza impactó en la suya, mucho más dura, y el peso de mi plumífero cuerpo se vio amortiguado por la faja-malla de efecto push up. Y así aterricé en su tripa, como un avión panza arriba. Todos los gases de su organismo se activaron al mismo tiempo. Me agarró fuerte para protegerme del huracán, nos deslizamos por la alfombra y su lengua saboreó mi moflete. Cuando volvió la calma, me miró fijamente a los ojos. Dejé caer los párpados, dispuesta a probar sus labios, pero me soltó de golpe y corrió al lavabo. El mareo de altos vuelos nos había obligado a interrumpir, una vez más, nuestro ansiado beso.