1543. DESDE EL OTRO LADO
Aitor Cabrera Bermúdez | Todd

Hay llamadas para las que uno no está ni remotamente preparado. La semana pasada falleció mi madre. Lo cual no tiene nada de raro, casi podría decirse que es algo anodino. Todo el mundo conoce más o menos el proceso, ruta de funerarias buscando el precio “óptimo” entre la economía y la decencia. Una misa funeral dónde aparecen “familiares” que has visto, por suerte, una vez en la vida. El pésame de rigor de “amigos” que no te llaman, salvo cuando no tienen otra cosa mejor que hacer. Y una pelea por la herencia. Nada fuera de lo común.

Lo que nadie se espera, una semana después, es recibir una llamada del “otro lado”, en la que te dicen que te devuelven a tu madre por que no la aguantan.

En el momento no supe que decir, pero claro, al oírla en el telefonillo del portal diciendo “¡Niño!, abre que soy yo” dejé de tener dudas. Primero me agencié el objeto contundente más cercano, por seguridad. Y después esperé detrás de la puerta sujetándola con el pie. Al verla salir del ascensor me quedo claro que era ella. No olía a muerto ni a azufre, buena señal.

“¿Pero niño que has hecho con la casa?, ¿Es que no me puedo ir con Carmela una semana a Benidorm? ¡Madre mía!”. Claro, algún lavado de cerebro tendrán que hacer en el “otro lado” para que no se filtre información, grandes profesionales.

Tras una escueta bienvenida y revisión del hogar se marchó corriendo a la peluquería de Pili. “Por el sur no saben peinar, ya lo decía tu abuela”. No me quiero ni imaginar la reacción de las clientas.

En su ausencia fui a comprobar el congelador. Había sitio suficiente. Si no la aguantaban “ellos” ¿iba a hacerlo yo?, no señor, ya había tenido suficiente. La primera vez había sido un quebradero de cabeza hacerse con el veneno que puse en sus pastillas. Esta vez no iba a ser tan sutil.

Desde luego la eficiencia administrativa debe ser muy superior a la de este lado, por que solo tardaron cinco minutos en devolvérmela la segunda vez. Ahora, a falta de una tenía dos madres, una en el sofá y otra en la cocina. Tenía que hacer algo.

Tras probar diversos métodos y asegurarme el reenvío continuado de mi madre, mi mente empresarial acabo por dar con una solución a la medida. Compré el local que había debajo de nuestra casa con mi herencia y lo convertí en un Kebab. Con la ventaja de tener un suministro constante y gratuito de carne de pollo.

De vez en cuando la llevo a comer y veo el espectáculo. “No sé porque me traes aquí, a saber de dónde sacan esta carne, con tanta especia no sabes que estás comiendo” Creo que es algo poético. Siempre acaba pidiendo más, y yo encantado, la echo salsa picante. Cuando termina la acompaño a la trastienda. No está la economía para andar desperdiciando producto.