Desde la cafetería
Irene López de Francia | Cetrino

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El sol golpeaba el asfalto con furia. El calor del verano pegaba los muslos de las muchachas en el metal de las sillas de las terrazas. Yo había ido a la cafetería de siempre cuando me fijé a través del cristal en una pareja de adolescentes. Estaban sentados en uno de los bancos de la plaza. Parecían contentos y despreocupados. Seguramente tendrían unos dieciséis años y estarían de vacaciones.

Me fijé en que ella se estaba riendo todo el rato, pero que él, a pesar de que sonreía de vez en cuando, mantenía una actitud y un gesto serios. De pronto, él miró hacia uno de los lados del banco, como si hubiera caído algo, y aprovechó para acercarse más a la chica. Ella giró la cabeza hacia otro lado, tímida.

Iba pasando el tiempo y me llamó la atención que en ningún momento miraran sus móviles ni se hicieran ninguna foto. Parecía que estuviera viendo una pareja de otra época. Ella le dijo algo y le tocó el pelo, como si le estuviera quitando una pelusa o una hoja. Justo después se apoyó en su hombro. Yo me estaba tomando mi café y observándolos. Estaba segura de que estaban en su primera cita.

Cuando la chica se incorporó, se miraron con las caras muy juntas y apareció el camarero, poniéndose delante de mí, interfiriendo en mi campo de visión. Me puse bastante nerviosa. El camarero estaba siendo muy amable, pero yo sólo quería que se apartara unos centímetros para poder ver. Le despaché lo más rápido que pude y cuando se fue, pude ver que el banco estaba vacío. Miré en todas direcciones y los encontré, alejándose de la plaza, caminando de la mano. Después de aquello, pude acabarme mi café tranquilamente y pedí un trozo de bizcocho también. Espero que se dieran su primer beso.