1263. DESESPERAR
Sandrine Ortega | Ana Carver

Sentado en una de esas sillas naranjas de plástico duro, se preguntaba que cómo era posible que si la sala era para esperar, tuviesen la indecencia de poner unas sillas tan poco aptas para dicha actividad. Le dolía el culo, le rebotaban las piernas y las frases del periódico que estaba intentando leer, empezaban a juntarse unas con otras en un batiburrillo sin sentido. Lo cerró con saña y lo dejó en una mesa de café llena de revistas de, por lo menos, un lustro atrás. Empezó entonces a darse ligeros golpes en los muslos con la porra que cargaba, a usarla para darse en la otra mano, para rascarse las sienes y la nuca. A este esbozo musical de golpes, se unían unos leves bufidos, unos soplidos entrecortados. Después, un gran suspiro. El ritmo que conformaban la batería de la porra unida al trombón de las exhalaciones, iba in crescendo: cada vez era más rápido, cada vez era más intenso. Los demás, que esperaban inmóviles, le dedicaban miradas furtivas como para asegurarse de que seguía ahí, que aquella máquina-orquesta no había despegado. Si ese aire que sacaba por la boca lo hubiese sacado por el culo, por lo menos se elevaría unos centímetros de esa silla tan incómoda, creando algo parecido a un cojín aéreo. Con la porra iba de muslo a muslo, a la mano, al muslo; muslo, mano, soplido, nuca, mano, sien, respiración profunda, respiración profunda, respiración profunda y… despegó. Se levantó y fue directo hacia el mostrador de la entrada. Le dijo a la recepcionista:

–¿Pero se puede saber qué están haciendo ahí dentro? ¿Buscando oro en una colonoscopia?

La recepcionista le miró un instante y rápidamente bajó la mirada para contestar con tono de disculpa mientras tecleaba en el ordenador:

–No, Sr. Ruiz, pero no creo que tarden mucho más.
–¿Mucho? No tendrían que tardar nada… llevo ya 50 minutos aquí sentado.
–Lo siento, Sr. Ruiz, pero no hay nada que pueda hacer… ¿Podría esperar un poco más? Enseguida le pasamos.

Volvió a su sitio comentando la conversación consigo mismo a regañadientes.

–Esperar dice, un poco más… ¿más? – gruñó –. Si por ella fuera… me pasaba aquí todo el día… esperando – dijo, esto último con retintín.

Se dirigió hacia su asiento, el cual todos los demás pacientes habían guardado durante su breve ausencia en una mezcla de temor y cautela con un tímido “ese está ocupado”. Se sentó y reanudó su concierto.