DESNUDASTE MI ALMA
Bernardo Seco Cailliet | Bernard

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Mis manos sudaban mientras me ajustaba el vestido por enésima vez. Nerviosa, observaba mi reflejo en el espejo. Con una sonrisa temblorosa, me devolvía la mirada. Hoy miércoles era mi primera cita con Alberto, un chico que había conocido en una fiesta, y desde el primer momento, me había llamado la atención. Levábamos dos semanas de WhatsApp, pero nada más.

Llegaba al sitio un poco tarde, lo que no hizo más que aumentar mi nerviosismo. Él ya estaba allí, sentado en una mesa junto a la ventana, con una sonrisa que iluminaba su rostro. Al verme, se levantó y me saludó con un cálido abrazo. Su aroma a colonia me envolvió y sentí una ola de tranquilidad recorrer mi cuerpo.

La conversación fluyó con naturalidad entre plato y plato. Hablamos de nuestros trabajos, de nuestras aficiones, y de nuestros sueños regándolos con vino.

Alberto era inteligente, divertido y con un gran sentido del humor. Me sentía a gusto con él, como si lo conociera de toda la vida.

Las horas pasaron volando y, cuando nos quisimos dar cuenta, ya era hora de cerrar. Salimos a la calle y la noche nos envolvió con su manto de estrellas. Caminamos sin rumbo fijo, charlando y disfrutando de la compañía del otro. No habíamos hecho trescientos metros pero al paso que íbamos pareció mucho más, Alberto se detuvo y, mirándome a los ojos, me dijo:

-Me ha encantado esta noche. ¿Te gustaría repetirla?

Sonreí, sin poder ocultar la alegría que sentía.

-Me encantaría -respondí. Mordiéndome los labios para no invitarle a seguir.

Alberto se acercó a mí y me besó. Un beso suave, tierno, que me dejó con ganas de mucho más. El tiempo se detuvo, ese beso era una despedida o se merecía más, mi cuerpo pedía calor, mi mente frialdad y sosiego.

Sin querer evitarlo llego un beso igual de suave pero cargado de sensualidad. Tan solo estábamos los dos, el resto del mundo se desvaneció. Los besos se volvieron envolventes, y ya no se besaban solo nuestras bocas, también lo hacían nuestros cuerpos. Como dos auténticos quinceañeros estábamos entregándonos en mitad de la plaza de Santa Ana, con algo de compostura exterior quizás pero interior ninguna.

Las cosas se fueron calentando y, poco a poco, mi mente y mi cuerpo iniciaron una guerra, esas dos vocecitas resonaban en mi cabeza intentando cada una ganar cada batalla, pero beso a beso el cuerpo se hacía más y más fuerte. No sé qué pasaba por su cabeza, pero por la mía la frase en tu casa o en la mía, resonaba y resonaba. Pero mi cabeza me recordaba que yo no era así, o casi nunca era así. Los besos eliminaron cualquier ápice de sensatez que pudiera quedar en mí, y mi cuerpo se dejó llevar sin control. Fue una noche mágica, una noche que jamás olvidaré.

De repente, sonó el despertador, me sobresalte, era miércoles otra vez y había quedado con Alberto esta noche en Lamucca. La cara se me ilumino.