953. DESPEDIDA
Santiago Masriera | XAULIN

DESPEDIDA

La primera vez que Armando vio aquella chaqueta fue al pasar por esa lujosa tienda. Estaba en el escaparate.
Me confesó que fue amor a primera vista y que también supo que no llegaría a ser suya. Su metro noventa y tres, su generoso sobre peso y su alto precio, marcaban distancias insuperables.
Dos tardes a la semana, cuando salíamos de clase, pasábamos por la tienda y nos deteníamos frente a ella para que Armando la contemplara, mientras imaginaba que era suya.
Pasados un par de meses, la chaqueta dejó de estar expuesta y su desilusión fue mayúscula.
Tres años después, mientras husmeábamos en una tienda de ropa usada, se encontraron de nuevo. En su talla, y además un noventa por ciento más barata. Armando estaba feliz.
Tras llevarla a la lavandería y dejarla casi como nueva, la usó sin parar, luciéndola al máximo. Era su única chaqueta.
Muy satisfecho, asistió con ella a tres bodas, dos comuniones, cinco presentaciones de libros y cuatro estrenos de películas.
Una tarde, cuando salíamos de clase, Héctor, nuestro mejor profesor, le pidió a Armando que se la dejara. Iba a ser homenajeado por su amplia trayectoria y debía asistir al acto con vestimenta formal.
Ambos tenían en común la misma corpulencia, tanto en altura como en peso, y les unía además una singular racanería en el gasto del vestir.
Debido a la cercanía de las evaluaciones finales, Armando entendió, no sin resistencias, que lo conveniente era dejársela, si bien le hizo prometer al profe que se la devolvería con inmediatez y previo paso por la lavandería, por supuesto a su cargo.
Dos días después de la petición, nos sorprendió la triste noticia de que el profe había fallecido de un infarto fulminante. A todos nos afectó mucho.
Armando me pidió que fuéramos juntos al velorio, no le gustaba asistir a ese tipo de actos solo. No tuve inconveniente y lo acompañé.
Una vez allí y luego de saludar a su familia y amigos, nos adentramos en la sala donde lo tenían presente y Armando decidido, se acercó al féretro. Yo preferí quedarme hablando con otros compañeros de clase.
Si bien no le gustaban las funerarias, me había explicado que le encantaba ver lo bien que dejaba el maquillaje a los difuntos.
Mientras conversábamos, escuchamos un alarido estremecedor, que salido de la boca de Armando, produjo un silencio inmediato en el recinto, haciendo que todos los presentes miráramos hacia él.
Estaba paralizado junto al ataúd, mirando fijamente hacia su interior. Me acerqué de inmediato, quise saber qué le ocurría. Ya a su lado, fue él quien habló y lo hizo de una manera más contenida, esta vez sin gritar:
– “Hijo de la gran puta”- fue lo único que le escuché decir. Eso sí, con fuerza y desde su entraña.
Superando mi resistencia, miré curioso hacia el interior del cajón y observé al difunto maestro. Lucía inmaculado. Más elegante que nunca. Con un maquillaje perfecto. Incluso parecía sonreír feliz.
En cuanto vi lo bien que le quedaba la magnífica chaqueta de Armando, yo también sonreí y mucho…