396. DESPIDO
Santiago Polo Hisado | DARBUKA

Decía que estas cosas antes no pasaban, que lo habían comprobado y que no se veía nada, pero las sospechas estaban ahí, que lo habían investigado, pero sin resultado y que esto no podía ser. También me habló del momento y de la oportunidad para que las cosas ocurrieran tal como habían sucedido. Que lo sentía mucho, dijo. Yo estaba, como cada mañana en mi mesa cumpliendo escrupulosamente con las tareas que me habían sido encomendadas, haciéndolo de la mejor manera posible, cuando me avisaron de que el supervisor requería mi presencia en su despacho. Atravesé las filas de mesas en cubículos abiertos con los compañeros amarrados a sus teléfonos, delante de las pantallas, con la mano nerviosa en el ratón, y creía que todos me miraban, aunque lo cierto es que ni por un momento despegaron los ojos del chisporroteo de columnas de números que bailaban en el rectángulo de luz. Reconozco que una cierta desazón hacía mella en mi ánimo, la de cuando uno se siente cuestionado por la autoridad, la de cuando uno debe enfrentarse a quien manda con armas desiguales y en su territorio, aunque, suponía, todo estaba bajo control, nada por aquí, nada por allá: todo en su sitio. Llamé discretamente con los nudillos, el supervisor sí tenía un cubículo con puerta, aunque acristalada. Me dio paso con la mano y se hizo el ocupado ultimando alguna tarea ineludible. Me señaló el asiento. En la mesa, un paquete de tabaco mostraba unos pulmones necrosados con aspecto de carbonera, como a punto de descomponerse y quedar reducidos a un montoncito de ceniza. El supervisor jugueteaba con un encendedor dorado, juraría que de auténtico oro, me miraba de soslayo y volvía a centrarse en la pantalla. Aparentaba ser una persona intranquila, de mirada dubitante y puede que con mala conciencia, quizás debida a su ingrata tarea. Por fin me dedicó su atención y dijo que en la dirección, miró hacia arriba, estaban satisfechos de mi trabajo, que yo era un empleado bien dispuesto, eso dijo, ordenado y puntual y que cumplía con mis deberes y con los objetivos de la empresa. Le faltó añadir que también mantenía limpio el escritorio. Seguía manoseando el encendedor y no llegaba a mirarme de frente. Fue entonces cuando insistió, como si tuviera que convencerme de ello, en el hecho de que yo llevaba poco tiempo allí y que esas cosas antes no pasaban. Me habló del sistema de cámaras de vigilancia y del volumen y el peso de la fotocopiadora, en realidad la hacía más grande abriendo los brazos, y no olvidó los catorce ordenadores, todavía sin desembalar. Que él no decía ni que sí ni que no, pero que se lo exigían las circunstancias, el código de conducta corporativo y que preferían la discreción y las buenas maneras. Que lo sentía mucho.
Después de hacer cola, en la oficina de empleo me dieron un formulario. Salí a la calle y encendí un cigarrillo con el encendedor de oro.