376. DESPISTE
María del Carmen Guzmán Ortega | Acuariana

Yo soy la reina del despiste, pero tengo una amiga que es la emperatriz. Con sus despistes podría escribir un novelón, pero no os asustéis, que sólo contaré una de sus más graciosas anécdotas, porque quiero que sirva de lección a toda esa pléyade de escritores ensimismados cuya mente viaja siempre por las nubes.
Aquella aciaga tarde, mi amiga Pepa buscaba una mercería donde comprar una cremallera, de un color exacto y de una medida determinada. Iba buscando la susodicha tienda cuando de pronto, la vio. Allí estaba, con su escaparate lleno de sugestivas prendas interiores que la invitaban a entrar. Y entró. Un chicarrón guapísimo de un metro ochenta de estatura la miraba sonriente y atento:
–– ¿Qué desea, señora?
––Quisiera una cremallera negra, de este tamaño- respondió ella mientras señalaba con los dedos unos treinta centímetros más o menos- de color negro, por favor. El apuesto joven, sin perder la compostura, le dijo con un tonillo que sonaba raro:
––Señora. De color negro, tenemos, pero de treinta centímetros…me temo que no.
Pepa levantó la vista, vio la mirada burlona del muchacho, observó su entorno y
vio, además de unos extraños objetos, un letrero sobre una puerta forrada de terciopelo rojo que decía: “Cabinas, total discreción, a 10 euros la hora”.