Desvergonzaos
Lucía Real Valdés | Lucía

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Mis abuelos se conocieron un veinticuatro de noviembre de 1946. Noviembre no era un mes muy alegre, ni un año muy alegre, decía siempre mi abuela, y también decía que esa cara de desvergonzao no la podría olvidar. Tu abuelo era muy despistao, así lo contaba, siempre que le hablaba ponía esa sonrisa tersa, muy tersa, como que estaba pensando en otra cosa, como que hacía fuerza, así, con la boca, para quedarse anclao y no salir volando, como un globo. Pero no le funcionaba. Mi abuela dejaba de hablar y se quedaba mirándole, hasta que él se diese cuenta de que había dejado de hablar. Solía tardar unos dos minutos de media. Él se defendía diciendo que era su sonrisa de enamorao, que pensaba en lo mucho que la quería. Pamplinas, respondía mi abuela.

Su primera cita iba a ser en el cine, pero llegaron tarde y se dedicaron a pasear por los jardines de Sabatini. Un guardia civil los vio andando solos, cogidos de la mano, y casi les multa cuando se enteró de que no estaban casaos. Venga, a andar por un lugar más transitao, desvergonzaos.

Hoy es veinticuatro de noviembre de 2023, y he sacado a mi abuela de la residencia para que tenga una cita en condiciones. La veía tan triste, apenas comía. No me reconoció al principio, hay días en que no me reconoce ni al final, pero lo disimula bien. Oye niña, que guapa eres. Cuanto te quiero, me dice a mí y le dice a la enfermera, por si acaso también es nieta suya. Tiene sus recursos.

Vamos al cine, abuela, hay una peli buenísima. ¿De Humphrey Bogard? Sí abuela, del bueno de Humphrey, se llama Casablanca, ¿te suena? Ay, sí, Casablanca. La quise ver una vez, pero llegué tarde. Nunca la pude ver. En verdad la había visto miles de veces con mi abuelo, aunque nunca en el aniversario, tenían una especie de superstición y decían que el destino había decidido algo mejor para ellos los veinticuatro de noviembre. Pero algo en su cerebro se ha comido ese recuerdo también.

La he vestido de rojo, con un pintalabios del Kiko. Le ha gustado tanto el color que se lo he tenido que regalar. Vaya abuela, parece que llegamos tarde, empezó hace media hora, he debido calcular mal. No pasa nada, niña, vamos a dar una vuelta. Le cojo la mano y la dirijo hasta los jardines de Sabatini. Primer giro a la izquierda, todo recto, y luego un caminito hacia la derecha, ahí está el banco. Vamos a sentarnos abuela, que estoy muy cansada. Sí, niña, yo no puedo más.

Ya se acerca, con su boina verde y sus pantalones caqui. Podría haberse arreglado un poquito. Es tan alto, la edad no le ha empequeñecido ni un centímetro. Perdonen, señoritas, os importa que me siente con ustedes. ¿Pero has visto, niña? ¡Que desvergonzao! Mi abuelo nos regala su sonrisa tersa.