461. DÍA DE REYES
Miguel Ángel Escudero Eble | Jeremiah Johnson

Pasábamos la Nochebuena en casa de mis abuelos. En un momento dado mi padre y mi tío, que se llevan como el perro y el gato, decidieron echar un pulso. Mi abuelo hizo sonar un matasuegras para dar comienzo a la contienda. Las fuerzas estaban igualadas. Mis primos animaban a mi tío, mientras que mi hermana y yo animábamos a mi padre. “Vamos, papá”, decíamos. Dos horas después gritábamos: “¡Vámonos a casa, papá!”. La Nochebuena se había acabado, pero no el pulso. Mis abuelos les exigían que lo dejaran. Ninguno de los dos estaba por la labor. El día 25 lo pasamos oyendo amenazas de divorcio de mi madre y de mi tía; sólo sirvieron para que mi padre y su cuñado no se quedaran dormidos. El pulso seguía igualado. Mi abuelo terminó llamando a la policía; pero los agentes, en palabras de mi padre, no pudieron esgrimir ninguna ley que prohibiera a dos ciudadanos libres disputar un pulso hasta que hubiera un solo ganador. Trajeron psicólogos. Solo consiguieron que pactaran unas horas de sueño. El día de Año Nuevo empezamos a alimentarles por vía intravenosa. Y hasta hoy.