1035. DIARIO DE UN ATRACADOR
MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ SIGUERO | Chespir

Hoy es el día. Un atraco y a empezar a generar dinero. La persiana trocea el amanecer. Un ojo cegado, el otro legañoso. Hace un mes que duermo solo. Mi novia me abandonó, nunca me lo dijo, pero soy harto sagaz. Aquel día comentó que se iba a hacer los pies: primero, ya los tenía hechos, segundo, me resultó extraño que llevara una maleta, tercero, me hizo una peineta. Una semana después Amazon me llevó el finiquito de mi último trabajo, catador de vinos. Causa: se terminó el periodo de prueba. Sí, hoy es el día.
Tengo un somero control sobre mis nervios, estoy tranquilo, a pesar de haber echado sal en el café, lavarme los dientes con fijador y ponerme unas braguitas fucsia de ropa interior (¿De quién/qué coño serán?).
Visita al baño, tripas fuera como diría Hannibal Lecter. Cambio pijama por chándal Puma. Apago la puerta y cierro Tele Cinco, no sé si en ese orden.
Ya en la calle, me palpo los bolsillos, me da gustito. Olvidé la pistola, también tirar de la cadena, ¡Mierda!
Objetivo banco. Somos tres, Ricky, Tom (que leído junto parece un estilo de música) y yo. Cada uno tiene su tarea. Ricky entretiene al director, fingiendo interés por una hipoteca a plazo fijo. Fijo que a un crecidito interés. Tom distrae al vigilante, que es gay. Le tira los tejos, y procura darle. Yo en la fila de la caja para que me lean la cartilla, sin acritud, y me la expliquen.
Está cerca. Llevo gafas de sol, que brilla, pero por su ausencia. Repaso mi frase. Pequeño vacío mental. No la recuerdo. Me viene a la cabeza todo el tiempo «cuando haces pop ya no hay stop». No, esa no es.
El viento está decaído, el paseo es agradable. Miro hacia arriba y disfruto las cosas buenas que tiene la vida, esa máxima me resulta familiar. Mis piernas tartamudean y le doy una patada al cesto recaudatorio de un señor con muletas. Salgo a correr, el señor no puede, pero sí un chucho que me alcanza y se entretiene un rato con mi tibia: animalito.
Llego en punto al punto de encuentro. Ricky y Tom ya están allí.
—¡Qué punto! Me acabo de cruzar con el director, ya está dentro —balbucea Tom.
—¿Todo a punto? —comento con voz de Arnold Schwarzenegger, pero en Vaya par de gemelos.
Diez minutos de preparación y ya estamos en la puerta de la sucursal. Me suda un codo y una axila. Nos miramos, los miro, incluso a cada uno con un ojo. Dos inspiraciones y todo listo. Toso.
—¡Acción!
Varios minutos después, debo intervenir. La frase. Me viene como un espasmo.
—¡Quieto todo el mundo!
Tom y Ricky ya han sacado sus pistolas, yo el dedo corazón que es el más aparente. Cambio de turno de vigilantes. Entra el siguiente. La tiene más grande. Dispara. Una bala en el páncreas, otra en una uña.
—¡Corten!, no vale. Repetimos —grita el director de la película.