1496. “DIGA A” O EL RIDÍCULO PODER DEL HABLA
Alfonso Muñoz Fernández | Capone

El señor Santoro se volvió loco cuando el médico le dijo: diga “A”. Hay que entender que nunca en su vida, hasta ese momento, le habían pedido al pobre hombre que hablase, ni mucho menos que exclamase tan aleatorio sonido. No era una palabra concreta, “ah”. Era solo un sonido. Pero un sonido elaborado, a propósito. No se le había escapado. Nunca en su vida había articulado la voz para decir una sílaba fuera de todo contexto. “Ah” ¿Qué digo sílaba? ¡Onomatopeya! Un ruido simplemente. ¡Qué experiencia nueva, qué sensación de descontrol! Hasta ese momento no había concebido la voz más que para disparar palabras y oraciones con un sentido medido, pensado y dirigido. Nunca un sonido al aire, nunca un ruido de desahogo. ¿Pero esto qué es? “¡AH!”. El señor Santoro estiró su “ah” hasta que se convirtió en un “AAAAAAH” que ocupó la consulta y el pasillo, y su mandíbula se desencajó pidiendo aire y sus ojos desorbitados, más espacio. Los intentos del doctor por calmarle fueron inútiles. El señor Santoro se agarró a la mesa y se agitó en su silla. Seguía gritando con cada pupila apuntando a un punto cardinal distinto y sacudiendo la cabeza violentamente de un lado a otro. ¡¡AAAAAAAAAAAAAAH!! Joder que liberación. La represión de la voz durante 54 años, aislada de toda expresión de dolor, alegría o simplemente libertad del griterío, rota con un “ah”, le causó un choque irreversible, como un latigazo cervical en los accidentes. Su escaso pelo alrededor de la cabeza se despeinó y su camisa se salió de los pantalones.
Cuando el doctor le intentó paralizar por la fuerza, el señor Santoro le agarró de la bata y le empotró contra la vitrina. Mientras le gritaba en la cara demostrándole cuán alto podía sonar su voz. ¡AAAAAAAAAAAH! Salió corriendo de la consulta por el pasillo. Se agarraba de los mofletes y estiraba para ensanchar la cavidad bucal. El doctor llamó a los enfermeros a duras penas. Santoro – que para este momento ya tenía poco de señor – se paró en la sala de espera y de rodillas, sin detener el incesante griterío, se agarró dos densos mechones de pelo con ambas manos y tiró. Tiró aun cuando la piel de la cabeza no daba más de sí. Tiró hasta que cedió y se quedó con dos calvas de músculo sangrante a la altura de la sien. Ahora, por primera vez, experimentaba un grito de dolor. Entonces un enfermero se apresuró tras él y acertó a reducirle con una jeringuilla y sedante.
En el suelo, Santoro terminó desangrándose por la cabeza, aunque probablemente la excesiva carga somnífera le mató minutos antes que la pérdida de sangre. El doctor vio todo de camino a la ambulancia, un rato después. Comprendió entonces que la reprimida vida del señor Santoro le hizo enloquecer al entrar en contacto con el más mínimo aroma de libertad.