793. DIMITRI
Ángel Pinto Menéndez | Piero de Cádiz

‘- Puede pasar usted cuando quiera, señor.
La enfermera tenía una voz grave, quizá de fumadora, pero no lo aseguraré a la ligera porque el tabaco, pese a ser un vicio deleznable, no provoca un enronquecimiento tan evidente y, sobre todo, porque acostumbro a ser preciso cuando hago una aseveración de tanto calado. Su aspecto recordaba vagamente al de la célebre actriz Lina Morgan, la cual, pese a su apellido anglosajón, era española de pura cepa si no me equivoco, o tal vez, más verosímilmente, gibraltareña.
Cuando la sanitaria me reclamó estaba yo absorto en uno de mis entretenimientos favoritos: arrancar trocitos de pintura descascarillada de la pared ayudándome con las uñas para formar dibujos, preferentemente (aunque no sólo) mapas. Estaba a punto de terminar el contorno de Austria (que, como algunos saben, presenta una dificultad singular en el tramo esloveno de su frontera sur) pero interrumpí mi tarea para seguir aquellos zuecos blancos que dejaban ver unos talones resecos y descuidados (y esto sí que no es achacable al tabaco en modo alguno, salvo por los recursos económicos desviados de la salud a los cigarrillos). Franqueamos un par de puertas blanquecinas antes de llegar al paritorio.
Ekaterina estaba encima de una especie de cama metálica que, según supe después, comparte nombre y aspecto con un antiguo aparato de tortura: el potro. La visión frontal de su sexo, que normalmente provoca en mí asfixia pasajera, erección igualmente temporal, enrojecimiento y algunas reacciones fisiológicas involuntarias más, en esta ocasión sólo me causó un poquito de repelús. Su aspecto desaliñado (el de ella, no el de su sexo, aunque también), su rostro dolorido y, sobre todo, sus gritos y juramentos incontrolados, me aturdían. Aun así, me rehíce y cumplí con mi deber de pareja solícita colocándome a su lado para agarrarle la mano. Le manché la palma con la pintura que todavía permanecía en mis uñas pero ella, ocupada como estaba en traer al mundo al pequeño Dimitri, ni se percató.
Cuando discutimos sobre el nombre de nuestro hijo, Ekaterina propuso alternativas ambivalentes como Víctor o Iván, para que en el futuro no sufriera crisis de identidad ni en España ni en Lituania (¡a saber dónde encontraría nuestro vástago su futuro o dónde le iba a apetecer ir de turismo!). Yo, sin embargo, me mantuve firme: ya que mi primer descendiente iba a ser medio eslavo, quería que se notase desde su denominación. Víctores e Ivanes los había a porrillo (¡incluso en nuestro propio edificio!) pero Dimitri… eso era otro cantar. Contemplamos (más bien, contemplé yo) la posibilidad de que en el colegio lo españolizaran con un infamante “Demetrio” pero dado que es éste un nombre rural y en franco desuso, el peligro se me antojó remoto.
Cuando acabe el parto y Ekaterina me suelte la mano, procuraré rematar el mapa de Austria. Y en su frontera oriental (desafiando a la lógica y a la cartografía moderna) también dibujaré el de Lituania.
Será mi primer regalo para Dimitri.