DISTANCIA
MARIA GUADALUPE PEREZ SANTOS | Artinta

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La luna y el mar no podían enamorarse. Ella lo observaba cada noche. Su inmensidad la hipnotizaba. Buscaba la forma de acercarse a él. Una vez lo habló con su madre, a pesar de que todos creían que ella era huérfana. «Es imposible»- le dijo. «Olvídalo». Ella no lo entendió. Simplemente era redondita y de tez blanca, pero seguro que él descubriría su atractivo. Lo buscaba en la oscuridad…Él vivía absorto entre peces y orillas…Hasta que descubrió que era esa carita quien alumbraba sus noches, y ya no podía dejar de pensar en ella.

Un día, se armó de valor, y le envió un mensaje a través de una gaviota amiga, que sabía volar muy, muy alto: Él quería una cita. Ella nunca fue tan feliz leyendo una nota, y se iba acicalando cuidadosamente para aquel encuentro.

Fue una noche de verano. La brisa de la playa olía a calor y salitre. Él alzó los brazos para tocarla. Su deseo fue tan ardiente que nunca se supo más de aquellos pescadores, que esa misma tarde habían pensado que con el mar en calma podrían salir a faenar y llevar a sus casas el pan de la semana. Esa madrugada y cientos más el muelle lloró, igual que las madres, hijos, y padres de la aldea. Y ella se escondió, durante mucho tiempo. Lo llamaron eclipse. Los científicos jamás encontraron ecuación que lo explicara. Y simplemente era eso: Que la luna y el mar, no podían enamorarse.